ARROZ CON BOGAVANTE

 

 

 

Tras dos meses bastante jodido, y cuando mi proyecto era estar unos días por A Mariña Lucense y “papear” en Rinlo un arroz con bogavante en La Cofradía, todo me fue saliendo de aquella manera y ni arroz ni disfrute de la playa… ni siquiera posibilidad de disponer de una mesa en el restaurante marinero más famoso de toda A Mariña, pues en La Cofradía me ofrecieron “mesa” para más allá de los 20 días. Cierto que es una taberna venida a más con espacio limitado (unas 15 mesas) pero en estos tiempos de crisis, tener el comedor ocupado en 20 días es una alegría, para ellos; y un fastidio para los que pensamos que es llegar y besar el santo.

Rinlo es un pequeño puerto pesquero en el que se encuentran las más antiguas cetáreas de la Península, y que cuanto hay mareas vivas el agua del mar entra por las calles. Una maravilla. Además de La Cofradía hay otros restaurantes, todos más o menos juntos en medio de un pintoresco pueblo. Pero la gracia es comer el arroz con bogavante allí, en La Cofradía. Y, como no había mesa hasta dentro de 20 días, regresé (con mi hija) al campin que quedaba a unos pocos kilómetros. Y, como mi salud estaba en precario, a los dos días decidí levantar mi instalación y regresar a Ourense. Así que de las tres veces que fui a lo que para mi es un paraíso, apenas pude disfrutar tres o cuatro días, y siempre de aquella manera… baste decir que al ser imposible permanecer acostado, la mayor parte de la noche la pasaba dormitando sentado en una silla de campin, temiendo quedarme sin aire para respirar. Aguantaba porque pensaba que aquello no podía durar indefinidamente; y acabé regresando a casa con esa esperanza, pero a los dos días me fui con el coche a las 4 de la madrugada sin avisar a nadie, directamente a “urgencias hospitalarias”. ¿Por qué no avisé a nadie? ¿Para qué? A mi hija no le quería estropear las vacaciones en el campin; a mi hijo, despertarlo para que me llevase… pues tampoco. Porque una vez que “entras” los familiares poco o nada ayudan y pasan mal el tiempo de espera, pues el personal sanitario cumple un protocolo, con la “vía” por la que de inmediato, visto que lo que te quita la respiración es un edema pulmonar, te ponen diuréticos para que orines todo lo posible, sacan muestras para la analítica y controlan con la máquina el resto de las constantes vitales, en mi caso y especialmente, una arritmia desbocada.

Por tres veces, entre julio y agosto, “entré” y aguanté el protocolo de “urgencias”, y, en medio, ciertamente, no me encontré del todo restablecido. Una fibrilación auricular, al parecer, es la que provoca la arritmia; lo del edema pulmonar no acabo de entender si es consecuencia de lo primero o es otro fallo añadido de mi salud. Es igual: todo “viene” junto y de golpe, y si es cierto que algo de arritmia siempre tuve, no lo es menos que hasta hace muy poco todo funcionaba bastante correctamente. Justo ahora empecé a notar los fallos de carburación y encendido.

La parte anímica es más difícil de explicar; sólo aquellos que hayan pasado por esta amarga experiencia saben de lo que hablo. Y es algo a lo que estamos condenados todos, si tenemos la gran fortuna de llegar a viejos con las constantes intelectuales en buen estado. Digo e insisto, en la gran fortuna, porque llegar a viejos comporta a veces situaciones muy precarias en las que no se puede valer uno para las más elementales funciones. La decrepitud es parte de la vejez; y cuando se envejece en pareja es muy difícil asumir que nos hacemos viejos y que, además, empezamos a estar decrépitos. Siempre la he visto igual, no joven, sino en una franja vital que empieza a no diferenciar lo físico de lo anímico y que se corresponde con lo que los entendidos llaman “nido vacío”, o sea: cuando los hijos forman sus propias familias y la pareja se queda sola en el hogar. Es cierto: cualquier pareja que eche cuentas se percatará que tras los breves años de recién casados, llegan los hijos y parece que esos 20 ó 23 primeros años son todo, pero echando cuentas, de 56 de vida en pareja son unos 35 (especialmente 33 tras la emancipación) en los que hemos vivido en situación de “nido vacío”. El uno con el otro, envejeciendo juntos. Esa proximidad de lo cotidiano es lo que diferencia a la pareja de los padres e incluso de los hijos. Y lo que hace tan dura la ausencia.

Un día hay un hueso que se deforma, pero apenas es nada. Luego la columna, después una rodilla y los pies, que son los callos, pero no, es la osteoporosis y por añadidura la artrosis. Aun así, seguimos envejeciendo juntos. Visitas periódicas a consultas médicas, medicinas… y allí está, hasta unas horas antes de tener que acostarse de puro agotamiento, y, entonces, sin creer del todo lo que está pasando, se emprende ese camino hacia la hospitalización y el final de un recorrido vital. Los que nos toca sobrevivir hacemos esfuerzos por poner la realidad por delante y asumimos con aparente estoicidad todo el ceremonial… pero el hueco, cuando eres viejo, es de tal dimensión que por mucho que aparentes que has superado el trauma, es mentira: el duelo es tu propia vida, porque es habitual que nadie, salvo que no esté en condiciones de vivir y administrarse en soledad, sea hombre o mujer, renuncie al techo del hogar de la pareja. Bajo ese techo están todos los recuerdos, y, en mi caso, con las paredes llenas de fotografías de todas las épocas vividas. Y desaparecen todos los defectos, si alguno tuvo, y sólo aprecias las virtudes, que las tuvo a palas. Y piensas que estaba en perfectas condiciones para seguir viviendo olvidando que somos octogenarios y decrépitos. Olvidando la realidad o queriendo olvidarla, pues la realidad es tan dramática como racional aceptar que en ciertas condiciones la vida no tiene sentido. O en plan más pragmático: Le llegó la hora.

Bueno, quería hablar del arroz con bogavante y me puse algo melancólico. Estoy bien, y parece que tras estos últimos 10 días en dique seco, recupero poco a poco la condición física y he vuelto a dar mi habitual paseo de 4 kilómetros, despacio, pero lo he completado. Y como esto de recorrer 220 kilómetros hasta Rinlo y otros tantos de regreso, para degustar el arroz con bogavante es un poco exagerado, tomé la decisión de que los bogavantes se compran en una pescadería, además de unas cuantas docenas de navajas, un par de kilos de berberechos, no sé cuántos de mejillones y gambas, el arroz en una tienda, y todo lo que un elemento de la “peña” de mi hijo (que ya empieza a ser la mía) que dice que hace muy bien estos asuntos, me ha pedido, y como punto de encuentro el bajo de la casa de mi hijo, o de mi nuera (que está aquí al lado) que es el mejor restaurante de toda Galicia. ¡Y barato, ¿eh?! (En la foto se notan los 10 kilos que perdí en la hospitalización. Me acompaña mi nieta Diana)

El problema es que el cocinero, Pepe Sampayo, tiene la puñetera manía de hacer el arroz y comerlo… Digo yo que lo prudente, como buen cocinero, es que se quedase pero a contemplar cómo lo comemos los demás… Porque esa es otra: un arroz con un par de bogavantes era perfecto para invitar a mi nuera y mi hijo, pero se apuntó la nieta con su pareja, y sus primos (la madre y el padre de la heroína del tren de Santiago) y su hermano; y otro de la peña de las fotos… así que casi me he visto en la obligación de comprar una “manada” de bogavantes. Y, encima, no sobró nada.

No sé qué día, pero ya quedamos para otra en casa de "mi" heroína. Invitan sus padres.

De momento, por fuera, todo va bien; por dentro me lo tomo con paciencia. Si alguien esperaba verme medio muerto... lo lleva crudo.

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