EL “CORTIJO” DE MATT:
Como, los campistas, podemos ser dueños del mundo

(Por raro que parezca, el paisaje con las encinas que aparece detrás de Ella y yo, es un cuadro...)

 

G. Belay

27/06/14

(Este reportaje data de la Semana Santa del año 2003 y lo he recuperado de un casi olvidado DVD donde estaba guardado. Los personajes eran usuarios del foro "Solocamping.com", y algunos, de cuando en cuando me los encuentro en la "Webcampista". Está escrito tal cual lo he vivido, algo que es consustancial a mi carácter y forma de contar las cosas)

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Empezó como un juego de palabras, una licencia amistosa entre amigos virtuales, pero resulta que, una vez analizada con calma, Matt tiene un extenso cortijo, tan extenso como abarca la mirada hacia los cuatro puntos cardinales una vez alcanzas la parte más alta del Torreón del Parque Natural de Monfragüe. ¿Qué alcanzas a ver? Pues todo lo que tu vista abarca es tuyo, absolutamente tuyo. Es de Matt y de todos nosotros que somos capaces de estar allí, contemplarlo y guardarlo para siempre en el recuerdo de nuestras vivencias. ¡Ah! ¿qué dices: que no, que es del Patrimonio Estado? ¡Uy, que expresión esta del Estado, más rara! ¿Matt es español? pues es dueño de todo aquello que es patrimonio de todos los españoles. Así que, el Parque Natural de Monfragüe es de Matt, y lo que parecía una licencia amistosa desde una tertulia virtual, es una realidad tangible. Es de Matt y de todos nosotros, si tenemos la oportunidad de acercarnos a ese entorno y disfrutarlo.

MATT, UN ANFITRION PERFECTO

Matt es un tipo cargado de bondad, dinámico, meticuloso, ordenado y cuidadoso. No tengo claro si estas cualidades son propias o contagiadas por Jenny, su esposa, pero lo cierto es que ambos son así, o así parecen, que para el caso es lo mismo. Y “su” cortijo es espectacular, inmenso, con interminables encinares y una ciudad con mucha piedra, algo que a los gallegos nos choca, porque no nos parece "lo" habitual en tierras extremeñas. Nos olvidamos que Plasencia está al final de valles tan conocidos como los del Jerte y el Tiétar, y bien cerca el Tajo y el Alagón, y la sierra de Gredos de donde pienso que vendría toda esa piedra que le da carácter a la ciudad extremeña.

Matt y Jenny son los dueños de todo lo que han mostrado a sus amigos virtuales, que ahora ya somos amigos sin necesidad de adjetivos; “más” si cabe que los responsables de administrar y cuidar el Parque o de gestionar la ciudad; o de cultivar las conocidas cerezas del Jerte. Porque ellos –y nosotros- los disfrutamos, los contemplamos, los admiramos, paseamos por sus calles, estacionamos nuestros vehículos en sus aparcamientos, nos sentamos a tomar un aperitivo, y charlamos y charlamos, hasta empaparnos sobre lo que vemos. ¿En qué consiste, ser dueño, sino en el disfrute de las cosas? Si disfrutamos, y a fe que sí, somos dueños en la misma medida que lo es un alcalde, un gerente o un paisano que tiene “papeles” de propiedad. Nadie se puede llevar y meter debajo de la almohada una ciudad; ni los cerezos del Jerte; ni el Parque Natural de Monfragüe. Todo eso está allí y todos somos, real y materialmente, los propietarios; y los campistas viajeros con más razón, porque donde paramos y ponemos el pié en el suelo, realizamos un acto de posesión, disfrutamos del entorno y somos felices. Sea en una montaña sea un litoral: lo que vemos es nuestro, tan nuestro como pueda pensarlo el propietario jurídico, que salvo los papeles, de lo que dice que es suyo no tiene más disfrute que el que podemos tener cualquiera de nosotros, que es verlo.

TOCAR LO VIRTUAL

Para que nos sintiésemos más dentro de lo que en sí es el Parque Nacional de Monfragüe, Matt nos procuró parcelas en el camping que lleva este nombre, cuyo entorno no difiere del conjunto del Parque. Llegamos a las cinco de la tarde, nos inscribimos y nos fuimos a conocer a Matt y a Jenny. Ya sólo me acuerdo que nos metimos en su caravana, la “knausita”, y nos pusimos a comer queso y a beber Tentudía, hablando atropelladamente porque eran más las ganas de decirnos algo que la mínima lógica de dar tiempo a que todo sucediese en orden. Estaba llegando Mía, según Matt ya tendría que estar “ahí”, pero, según mis cuentas y considerando que venían desde Vitoria, todavía le quedaba más de una hora.

Entraron varias caravanas y autos, y poco después cinco de un golpe, que se estacionaron cerca de nosotros. Ninguna era la de Mía, pero los nervios de Matt le traían en vilo, así que, y pese a que no soy muy amigo del vino ni del alcohol y observando que nos habíamos liquidado la botella de Tentudía, me pareció buena la idea de irnos a recepción a esperar nuestra amiga virtual. Salimos y vemos que las familias de las cinco autos vienen hacia nosotros, uno de ellos con una botella de pacharán con tapón irrellenable. Sin mayores protocolos nos abordan preguntando que quién es Matt y quién Cocodrilo. ¡Madre mía! De una sentada conocemos a Benja, Manel, Pepcom, Campanilla, Hymer y JC (de Cádiz) que nos dicen, entre trago y trago de pacharán bebido a gañote, que está al caer Sento...

El tiempo, como en el resto de España, es jodido, y nunca mejor empleada esta expresión coloquial. Llueve con insistencia, y algunos de los que nos estamos saludando llevan paraguas, otros capuchas, otros gorras, otros nada. Estamos bajo una enorme encina haciendo un círculo, hablando, festejando el encuentro. Nos explican que “van” a Fuentemilanos, al encar@r de Solocamping, que vienen de Madrid, de Barcelona, de Valencia... No me cuadra. Les digo que si Fuentemilanos está o no está en las afueras de Segovia, que si es otro Fuentemilanos... Que no, que es el de Segovia, pero que “de paso” acordaron venir a conocernos a Monfragüe, que el mal tiempo es una mala suerte pero que a pesar de todo al día siguiente se irán a recorrer los valles del Jerte y del Tiétar... y que esperan llegar a la acampada el martes o el miércoles. Y en esto que aparece la auto de Mía, con su esposo Iñaki, su hijo “el melenas” y los dos perritos. Otro mogollón de abrazos y presentaciones. Ayudamos a que aparquen y alguien dice que nos vayamos para el restaurante, que “igual allí no nos mojaremos tanto”. Y nos vamos para allá.

Armamos mesas y ya ni me acuerdo de lo que tomamos, pero si del barullo comunicativo que formamos. Parecía que fuésemos amigos de toda la vida. Pero tampoco soy capaz de recordar de lo qué hablamos. Estuvimos de cháchara hasta que alguien, siempre hay “alguien” que nos despierta, calculó que Sento estaría “entrando”, y unos cuantos se fueron a la recepción a esperarlo, y otros nos quedamos viendo el partido Real Sociedad/Real Madrid. Un ratito nada más, que los madridistas, malos tragos, lo que se dice malos tragos, pocos, que allí estábamos para disfrutar.

Sento es más bien flaco, con pelo escaso y pegado al cráneo, frente despejada... me pareció un tío “metío padentro”, como esos impermeables que vas plegando, plegando, sobre sí mismos, hasta que acaban metidos en un bolsillo del propio impermeable. Creí que iba a ser más liante, pero entre la lluvia y la noche se ve que estaba en fase de jodida tranquilidad. Indiferentes ante la lluvia que no acababa de cesar, siguieron las charlas y no sé en qué quedó todo aquello, pues con el “sentomóvil” no era aconsejable arriesgarse a cargarse una encina, y quedó fuera; y lo que sí tengo seguro es que Fina y yo nos fuimos a dormir.

PIEDRA EN EXTREMADURA

Al día siguiente hubo tregua y escampó. Matt tenía organizada una descubierta sobre Plasencia, y procedí a plegar el techo de la California, pues en su Laguna irían ellos y Mía e Iñaki. Paramos en un pequeño barcito a saludar al padre de Jenny que estaba tomando unas copichuelas con otros jubilados, y luego una segunda parada para subir al piso de la madre de Matt, que nos recibió como si fuésemos familiares e invitó a unas torrijas que estaban divinas. Nos enseñó fotos de la familia, nos contó algunas cosas de su vida de persona “mayor” (¿y nosotros –Fina y yo- con 72 años, qué somos?) y, seguidamente, nos dimos una vuelta por la ciudad, sus murallas, sus monumentos, su historia. En todo este tiempo, Iñaki, el esposo de Mía, se había mostrado como el hombre más discreto del mundo mundial, pues no había logrado escucharle ni una palabra. Como la “forera” era ella, pues tampoco era cuestión de tirarle de la lengua. El hombre, quizás bastante desconcertado por la dinámica del conocimiento y la confianza que reinaba entre nosotros, se limitaba a subir al coche, bajar del coche, saludar a quien fuese necesario, y, siempre, callado y con las manos en los bolsillos.

Empezaba a ser la una de la tarde y los estómagos pedían “combustible” al tiempo que las piernas descanso. Matt se apiadó de nosotros y nos llevó, tras largo recorrido urbano, a un lugar de tapas donde “nos íbamos a forrar”. Pues nada, entramos y nos apalancamos en una mesa hecha sobre una pipa de vino, con taburetes. Matt se fue a la barra a pedir intendencia, e Iñaki ¡oh milagro! le acompañó, y enseguida fueron trayendo unas cañas y una bandeja de morcillas. Nos dispusimos a despacharlas mientras Iñaki traía las últimas cañas y, ¡nuevo milagro! Iñaki ante el asombro generalizado, exclamó: ¡Cuidado: esa morcilla es la mía! y por si no le hubiésemos entendido el aviso, la pilló y se la comió.

Regresamos al camping y acordamos irnos a comer al restaurante. Nuestros amigos se habían ido a las doce pero nos dejaron saludos y buenos deseos, a través del melenas que se había quedado estudiando en el camping. De nuevo Matt empezó a ponerse nervioso “porque Juan Peláez estaba al caer”. ¡Jó, que no, que desde donde viene y por donde viene no llegará hasta por lo menos las seis! Pero era igual, a cada caravana que entraba y veíamos desde la ventana, Matt estiraba el cuello. Mejor que terminemos el cafelito y nos vayamos para la recepción... pero no llegará antes de un par de horas.

Nos dio tiempo a volver a nuestras instalaciones, hablar de mil cosas, y, más o menos sobre mi pronóstico, apareció el Megane de Juan tirando de la Knaus, con su esposa Amparo y la pareja de niños. ¿Cómo es Juan? Sabíamos que era un muchacho joven, pero además es un tipo serio, demasiado serio para su edad, un tiparrón del norte, muy cerca de “mi” 1.90 y con unas ganas enormes de comunicarse. Su esposa es más menuda, simpática y excelente en el trato; sus niños una pasada. Su parcela estaba prevista debajo de otra encina, y allí se dispusieron a armar el tinglado, mientras Iñaki, con las manos en los bolsillos, como siempre, y yo, dispuesto a echar una mano en la dirección de los trabajos, contemplábamos a nuestro amigo recién llegado faenar con el avance, las sillas, los vientos... y Matt, a pegarnos bronca por no echar una mano. ¿Y para qué? Juan era perfectamente competente para realizar el trabajo.

Insatalada la nueva famlia de amigos, pronto echamos mano de las primeras empanadas, que con 24 horas ya era necesario calentarlas en el estupendo horno del camping. Lo cierto es que si yo me había traido dos empanadas de carne (las de vieiras no se conservan) y una de manzana, Juan Peláez se trajo otras tres de chocos y de bonito. Como apenas estábamos la mitad de los previstos, tuvimos que comernos las empanadas casi con calzador, pues al jueves no llegarían.

PLACERES RESERVADOS A LOS DIOSES

No sé cómo acabó la velada, sólo me acuerdo que por la mañana, que no llovió ni una gota, Matt nos metía prisa para salir a hacer un recorrido, esta vez repartidos todos en los dos turismos de Matt y Juan. Nos fue llevando por la carretera de Trujillo hacia el interior de Parque Natural de Monfragüe, primero en una garganta llamada el Salto del Gitano, luego a un poblado con diferentes salas de exposición donde se hace una primera idea de la magnitud de lo que vamos a contemplar, y, finalmente, enfilamos con los coches al punto neurálgico de la excursión. Estacionamos a la derecha de una pista y desde allí nos explica Matt que tenemos que subir a pie para evitar atascos y líos.

-¿Hay mucho que caminar? –pregunté mosqueado.
-Nada, unos 200 metros... –me contesta Matt con cara de coña.
-Cangonlá, no fastidies, que ahora ya me conoces y sabes que soy un anciano desamparado del inseerso...

-No, Coco, estate tranquilo, que enseguida llegamos... luego hay unas escalerillas y ya estamos arriba.

¡Qué cabronazo!: anduvimos cerca de un kilómetro, cuesta arriba, y cuando parecía que el Torreón estaba “allí”, aparecieron las escaleras, que la niña de Juan, que nos habíamos puesto al frente de la pandilla, contó una por una, para, mientras el corazón se me salía por la garganta, informarme muy seria: “Coco, son 135”. Miré para abajo y el resto del grupo venía totalmente desperdigado. A la Fina (mi sufrida esposa) aun le faltaban todas.

Esperamos y nos reagrupamos, algunos pletóricos de forma, y otros derrengados. Pero estábamos, ahora sí, al pié del Torreón y delante de una pequeña ermita. Hicimos algunas fotos y a la orden de Matt ¡venga: padentro! ¿Padentro? ¡Leches! “dentro” era una estancia limpia y en penumbra con una especie de agujero donde, al parecer, había una escalera. Alguien bajaba agarrándose a algún sitio, había algo de pitorreo y nos advertía desde la oscuridad, que esperásemos antes de meternos en el agujero para subir... o por lo menos, intentarlo, a que bajasen ellos. Mientras esperaba empecé a reflexionar que el Cortijo de Matt era una trampa del Gobierno para reventar a los ancianos del inserso, y así ahorrarse las pensiones y las pastillas de la tensión, las de las incontinencias urinarias, las del colesterol, los dodotis... una forma bastante directa de liquidarnos y acercarse al déficit cero; y que el Matt estaba conchabado con ellos.

Por fin, y como siempre con la intrépida niña de Juan Peláez a mi lado, nos metimos en el agujero, oscuro y tenebroso, a subir unas escaleras de pura piedra que no éramos capaces de ver, sino sólo de ir palpando, unos escalones como de una cuarta, otros de medio metro, unas veces poniendo el cuerpo de lado para librar las estrecheces, otras con los pies también de lado porque en posición natural no cabían, y siempre con las manos por delante y, particularmente yo con una delante de la frente para no partírmela contra los resaltes... y así otros más o menos 40 escalones que añadir a los 135 del exterior (¡Será puñetero este Matt!).

Empezamos a ver algo, oimos conversaciones; evidentemente el fin del suplicio estaba cerca. Así fue, y la luz de un sol radiante que daba de plano en el alto del Torreón se nos abrió para lanzar la mirada para cualquier lado, porque el sol estaba en la vertical y todo era contemplable. No hay barandillas ni quitamiedos. Te acercas al borde y si tienes ganas de suicidarte estás en el punto ideal para dar un salto interminable. Todo está a tus pies, el Tajo y el Alagón, a lo lejos el Tiétar y el Jerte, la sierra Corchera, los embalses, Gredos en el horizonte, Malpartida de Plasencia... Todo lo ves, algo lo imaginas, y donde llegues con tu vista es todo tuyo, porque ese placer y ese gozo lo sientes en tu interior, te recreas. Empiezas a verlo todo con más calma, por etapas, miras hacia el precipicio del Salto del Gitano y te extasías siguiendo el vuelo de los buitres leonados, de las águilas imperiales que vienen desde allá, hacia el Torreon, y pasan por debajo de forma que los estás contemplado desde una increible visión en picado. Si, por ende, las aves ciernen mientras escrutan algo que se mueva 300 metros por debajo entre los encinares, entonces, hasta puede que si lo que se pretende por parte del Gobierno es liquidar a los del inserso sometiéndolos a tal aventura, tengamos que agradecerle a Aznar tan buena como sospechosa recompensa. Nada como esta vista en picado de las aves cerniendo, había contemplado en mi puñetera vida. ¡Y mira que le he dado vueltas a este puto mundo!

Regresamos, cansados pero contentos, y aun, a la salida del Parque, tuvimos oportunidad de asombrarnos de nuevo cuando un grupo de venados y ciervos cruzaron la pista delante de nuestros coches. Los niños de Juan no daban crédito a lo que estaban viendo. Somos, sin saberlo, dueños de mil maravillas que tenemos al alcance de nuestra vista y de nuestros elementos de acampada. ¿Para qué nos masturbamos con debates sobre el caballaje, si para ver el mundo hay que caminar a pie?

LO BUENO SE ACABA

Matt, dispuesto a acabar con todos nosotros pese a que hubiésemos sobrevivido milagrosamente de la aventura del Torreón, no se le ocurre mejor idea que al día siguiente a las 7 de la mañana, organizar una salida en bici TT por la Sierra Corchera. ¡Toma cortijo! Y el bueno de Juan Peláez, dispuesto. Y yo, con cara de contrariado, que le explico que no es que necesite el resto de las vacaciones para recuperarme... pero es que ese día me esperaban en El Puerto mis compañeros del club, y claro, no me voy a meter otra paliza en bici, y luego 650 kilómetros de carretera. Así que, Matt fue comprensivo y me “perdonó” la vida, seguro que con importante cabreo de Aznar, que tendría previsto ahorrarse mi pensión y mis medicinas. Y a las 7 les vi partir a los dos... con algo de envidia, claro, y un poco más tarde la Fina y yo salimos hacia la Acampada Nacional de la FECC, en El Puerto, donde había otro montón de amigos y foreros que conocer.

Tras este paréntisis, el viernes por la tarde estábamos de vuelta en Monfragüe, no sin agún error de ruta que corregimos cortando desde la A-5 por Trujillo a Plasencia... ¡No! que a nadie se le ocurra tal ruta, mejor si en Cáceres se ha equivocado, seguir a Navalmoral de la Mata. Se rodean unos 15 kms. pero se evita el suplicio de la carretera de Trujillo, que es un desastre.

LA TRACA FINAL

Aquel viernes ya estaban en Monfragüe foreros como Virgilio, Josea y Eddie, además del hermano de Virgilio, sus familias, y una hermana y un cuñado de Matt, que no era Trillo que estuvo, pero no coincidimos.

Meterte debajo de un avancé saturado de amigos rodeando las mesas de camping, lloviendo a cántaros, y, encima, tener que empezar a averiguar quién es quién, encajar las imágenes virtuales en las imágenes reales, es otro emocionante ejercicio mental. Como son todos unos puñeteros, me estaban esperando seguros de mi confusión, al haber dos matrimonios a mayores que hacía complicado el juego de “averigua quién es fulanito”. Estaban de sobremesa tomando café y las copas de rigor, y, mientras Matt y Juan Peláez me retaban a encajar nombres y personas, al tiempo que todos nos íbamos saludando efusivamente, señalé raudo y veloz a uno que no podía equivocarme: Virgilio. ¡Bingo! Tenía que ser él y su fisonomía y aspecto, para mi no admitía error. De paso, “localice”, en la mesa del fondo ¡el jamón! Dado que todo lo que se contempla es tuyo... una vez visto el jamón, empecé a echar cuentas de cuánto de él era ya mío. (je je je)

Mira –me decía Matt señalándome a un tío de edad inconcreta con un bigote de guardia civil retirado, que estaba próximo al jamón- dime ¿quién es ese?. Pues puede ser Josea... ¡Qué va, es mi cuñaoooo! Entonces miré para otro que no tenía pérdida: Tú eres el hermano de Virgilio. ¡Bien! Me quedaban dos, uno con pelo rizado, rubio entrecano o algo así, y el otro con el pelo moreno ensortijado, los dos bastante cuadrados, y los dos me miraban con cara de cachondeo; pues uno tenía que ser Josea y el otro su cuñado Eddie. Pues el más moreno era Josea y el otro Eddie. Abrazos, bromas, y explicación: Si me presentan a Sento y Josea, diría siempre que Sento es Josea, y Josea, Sento. ¿Por qué? No lo sé explicar: Me hice a esa idea.

Hicieron sitio donde no lo había y nos incorporamos a la sobremesa. Josea y Virgilio empezaron a liarse con un toldo, y acabaron “cerrando” todo el “espacio aéreo” de entre las autos y la “knausita” de Matt. A cada paso volcaban el agua que se acumulaba y alguno acababa duchado. Las mesas se “centraron” y ya todos más tranquilos, fuimos probando unas confituras que había hecho la madre de Matt, con licores varios, a los que añadimos una especial botella de licor café de mi tierra. Cuando llevábamos una media hora con estas gaitas, alguién sacó un cuchillo de monte para enseñarlo, y en cuanto me lo pusieron delante me fui directamente a por el jamón de Virgilio dispuesto despellejarlo... pero enseguida me cortaron la intención, pues Virgilio no sólo se había preocupado de traerse el jamón, sino que, además, había traido el cuchillo jamonero y el chisme de afilarlo. El jamón pasó de la mesa del fondo a la del centro, y el hermano de Virgilio, en un alarde de habilidad, no tardó en tener dispuesto un plato de “raspitas”, como si fuese un maestro en la tarea.

Bueno, yo armo mucho ruido, pero el alcohol apenas lo pruebo, y por eso no era raro que me pusiese con el jamón. Pero ¿y los demás que estaban de café de sobremesa y copas? Pues nada, licor café, albariño, pacharán, coñac, xtacolí, tentudía, pitara... y jamón. Jamón que el bueno del hermano de Virgilio cortaba y cortaba, y vengan platos y platos... A lo mejor eran las 7 de la tarde y había apetito, porque alguien trajo más confituras ¿con jamón? ¡Pues yo qué sé! Entonces, Fina, que estaba un poco de mal cuerpo, me dice que por qué no les hago la queimada que esta gente seguro que quiere irse a la cama” ( o sea: la que quería irse a la cama era ella). Me lo dijo tan convencida (habla lo justo, como el marido de Mía) que fui por lo chismes y me dispuse a hacer una queimada de esas que se suelen hacer a las 12 de la noche.

Mientras explicaba mi particular fórmula, y ya con el fuego prendido, iba recitando un conxuro de mi propia cosecha, todos se habían agarrado de las manos haciendo un círculo a mi alrededor, y Juan Peláez me sorprendió tocando la gaita. Queimada suave, apta para tiarrones y señoras discretas, éxito a juzgar por los parabienes y la Fina que me reprocha que hubiese hecho poca y que haga otra. Pues eso está hecho y venga, otra. Esta vez, con menos azúcar y con la mitad del tiempo de fuego. Pero todos se metieron los cacitos de un trago porque pensaron que era como la primera, y casi me los cargo. Bronca de la Fina: “Eres el mismo de siempre... esta queimada estámuy fuerte...” Me habré equivocado... pero todos se percataron de que en mis ojos había una sonrisa pícara. (je je je)

Se supone que una queimada y nada menos con música de gaita de fondo es la culminación de una cena, y como Fina decía, para irnos todos a la cama. ¿A las 7 de la tarde? Esta mujer no tiene sentido de la hora que es. El hermano de Virgilio se volvió a apalancar con el jamón, y Matt me trajo de nuevo el plato para seguir dando cuenta de él. No, no, por favor, después de la queimada, no procede... pero ya que está cortado... No sé si fueron diez o veinte o más platos de jamón cortado con maestría (saber cortar el jamón es casi el 80% del éxito) pero según llovía a cántaros el hueso del jamón se hacía más visible, y la Fina, ¡por fin! se acordó de que con la queimada y el licor café, en nuestra tierra se acompaña la bica, que es una especie de tarta de bizcocho y manteca... bueno, que está muy buena; y la trajo... ¡para comer con el jamón! y la comimos, faltaría más. Bueno, no quedaría claro si estábamos de sobremesa, si merendando, si cenando, si a los postres de la cena, pero tras las confituras los licores y las queimadas, alguien, siempre hay “alguien” que pone la guinda a la ceremonia, trajo unos cuantos bocadillos de ¡pechuga de pollo con pan integral! (¿Me habría juntao con una pandilla de piraos?)

LA “DESFEITA”

Al día siguiente Josea y Matt estaban tratando de recoger los toldos. Virgilio había salido temprano, pues el sábado tenía curro en La Bañeza y su hermano le llevaría la auto a media mañana. Juan Peláez iniciaba su retorno a casa. Nosotros también nos íbamos, y Josea y Eddie se disponían a recorrer los valles mientras iban en retirada para reunirse con el grupo de Sento, que por ser todos del litoral Mediterráneo tenían fiesta hasta el martes. En mi tierra, cuando el grupo inicia el regreso a casa, se llama “desfeita”, literalmente deshecha, “que se deshace”, y cada muchuelo se va a su olivo... o a su encina, en honor a Monfragüe. Pero antes va quedando el compromiso, el conxuro, para preparar “otra” lo antes posible, con mejor tiempo, quizás en el Lago de Sanabria, y en todo caso y en julio o agosto, en la Costa de la Mariña Lucense, donde se puede acampar al pie del mar, de la playa, o escoger cualquiera de los camping que hay, y que, en pleno agosto, lo haces siempre sobre hierva. Una acampada sin reglas de juego, sin límite de asistentes, una acampada para perfeccion@r el comocimiento y para llenarnos de sensaciones, para seguir disfrutando y siendo dueños de lo que alcancemos a ver, pero sobre todo, para comunicarnos y ser felices.

Matt y Jenny, tenéis un cortijo enorme, tan enorme como vuestros corazones y vuestra hospitalidad, y, ahora que lo pienso, no entiendo quién rechazó la idea de llevar a cabo el encar@r en el Camping de Monfragüe por no reunir condiciones; en lo que conozco y en servicios limpieza y orden, es de lo mejor.


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