¡¡¡ J O O O O... D E R!!!

G. Belay.- EA1RF -------------------------------------------------------------------

(4 diciembre 2014)

 

Lo de la ciclogénesis explosiva pasó con más pena meteorológica que gloria para dejarnos “pasmaos”, pero cuando nos anunciaban el jueves vientos y chaparrones que entrarían por Galicia (como siempre), los que llevamos unos cuantos inviernos en nuestras ya vetustas espaldas, torcimos el morro y nos preparamos para lo esperado en invierno: un fuerte vendaval.

¡¡¡Joder con el vendaval!!!

Sobre las tres de la madrugada en el exterior todo eran ruidos que por aquello de que duermo a pierna suelta no llegaron a despertarme, pero en el interior, el que se hubiese ido la luz y el reloj de la mesilla se hubiese apagado, además de ligeros temblores de las paredes de la casa… -¡ojo: es un chabolo de madera!- así como el silencio de mi perrita (le llamo “Tú”) y los apremios habituales de la próstata, sí que me trajeron a la realidad, y desperté. Enseguida escuché un crujido, así que me levanté, me abrigué y decidí, además de aliviar el apremio prostático, echar un vistazo por si se habían venido abajo las antenas… (¡Jé: siempre lo mismo, lo primero son las antenas… aunque se nos venga encima el tejado!). Al no haber luz, golpe de linterna e inspección ocular, en lo posible, pues por fuera todo era negro y las ráfagas de viento tremendas, con lluvia azotando todo lo que, evidentemente, además de la casa, sé que existe a su alrededor: alpendres, gallinero, caniles en desuso…

Ver, lo que se dice, ver, no logré ver nada. Hasta la cachorrita, siempre espabilada en cuanto oye que me muevo en la cama, no aparecía por lado alguno, así que, como por fuera no tenía posibilidades de hacer nada, y para “sentirme” seguro de mí mismo, me puse, con la linterna, a buscar la cachorrita (anda por los tres meses y no hace otra cosa que mear y cagar donde mejor le parece, que es, menos en el exterior, en cualquier parte de la casa: y yo con la fregona detrás…), decía que a buscar la cachorrita, que más consciente que yo de lo que pasaba en el exterior, estaba achantada en algún rincón, creo que hasta conteniendo la respiración, porque me era imposible localizarla. Y, por fin, tras llamarla repetidamente, apareció, bastante acojonada, despacito y sin que aun ahora haya podido enterarme dónde estaba escondida.

Puse en marcha una de las radios de pilas, escuché a unos que andaban de coña, enfoqué la linterna a uno de los relojes que tengo colgados por las paredes y comprobé que “ya” eran las tres y media y que, a ratos, el vendaval parecía remitir, para volver con ráfagas importantes. Como no escuché nuevos crujidos decidí volverme a la cama, pues que yo estuviese en pie o acostado no parecía influir para nada en los asuntos meteorológicos, ni, caso de cualquier no deseado percance, me iba a salvar de nada. Algunos relámpagos en el horizonte procuraban un tinte más dramático a la furia del viento y del agua… mi QTH está en el alto de una ladera y la vista hacia el oeste es gloriosa; las paredes del dormitorio, que está justo al sur, por donde llegaban las ráfagas, seguían vibrando, pero pese a todo, me dormí, recordando que este vendaval era el primero en más de 45 años (que vivo aquí) que pasaba solo, y que en las muchas ocasiones que he tenido de este tipo de vivencias siempre, por aquello de ser el cabeza de familia, he tratado de mantenerme entero para infundir confianza al resto de la familia, a los niños cuando eran niños, y a Ella, cuando los niños dejaron el “nido vacío” para hacer sus propios nidos. Pensé: Ahora, desgraciadamente, no le tengo que infundir confianza a nadie.

Desperté a las nueve; la luz había vuelto pero la emisora que escucho habitualmente estaba muda, así que aguanté un rato en la cama. Se escuchaba el viento, pero todo más moderado que en la madrugada. Me levanté y tras asearme preparé el desayuno, tomé las tres pastillas de rigor del tratamiento crónico, fregué los platos y decidí salir a comprobar el “estado de la cuestión”, momento en que llegó mi hijo con la misma idea. Por la ventana ya había visto que el techo de los cuatro caniles que aún conservo y que ahora son el gallinero, había volado por los aires… (el crujido que había escuchado de madrugada) y la dos gallinas que me surten de huevos diariamente, vivas y cacareando; mi hijo me avisó de que de los árboles que “cierran” el norte por detrás de los caniles, dos estaban tumbados. En la parcela de al lado, otro árbol estaba también desgajado. Alcé la vista a la torreta y las antenas estaban allí, impecables. Me acordé de su constructor: Luís, EA5BRE, y lo hago constar por si se le ocurre leer este QRX, que sepa que siguen ahí, aguantando, y rindiendo. También el semi-dipolo 40/80, en escalerilla, obra de Julio, EA5YP, que se mantiene y radia con la otra parte del “semi”, que es la propia estructura de la torreta. El cielo aparecía azul con algunas nubes, así que aproveché para hacer unas fotos de recuerdo, y, al enfocar las antenas, los estorninos estaban allí, controlando las estacionarias. ¡Dónde carallo estarían durante el vendaval!

Fui repasando todos los artilugios y comprobé que funcionaban correctamente, así que aprovechando que mi hijo “bajaba” a Ourense, me fui con él para hacer la compra y charlar con la “peña”, tomar un cafelito y leer el “AS”. Poco rato después el cielo se puso gris oscuro y volvieron los chaparrones. Tendré que llevar las gallinas al gallinero de mi nuera, y cuando mejore la meteorología reparar los desperfectos, y con la motosierra cortar lo que queda de los árboles que están en el suelo… Bueno, o que lo hagan otros, que ya no estoy yo para estos trotes.

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