G. Belay

 

CARAVANA A MARRUECOS 2000 (I)

SENSACIONES Y EMOCIONES PARA SER VIVIDAS DESDE LA DUREZA Y LA SATISFACION

PRIMERA PARTE:

La organización, el recorrido y las gentes

(Por G. Belay).- Pretendo establecer un relato en primera persona, por lo tanto subjetivo, de un par de semanas plenas de sensaciones y emociones que disfrutamos 40 autocaravanistas con nuestras familias y diferentes coches, asistidos por 3 más de la organización, en un largo y extenso recorrido, muy bien estudiado, por tierras de Marruecos. Unos con larga experiencia en esto del campismo, otros con menos, pero todos con el entusiasmo de quien se enfrenta a una gran aventura en la que la dureza no ha faltado, y más si consideramos que como es mi caso, entre mi esposa y yo sumábamos la friolera de 140 años, y siendo los más en edad, no éramos los únicos, pues por encima de los 65 eran varios. Si este era el caso de los mayores, entre las familias de mediana edad no faltaban aquellas que incluían hijos por debajo de los 10 años. La dureza de alguna de las etapas puso a prueba a tres conductoras, dos chicas que se repartieron el trabajo del volante de su "California", y una más, que al tener una pierna escayolada su esposo y no poder conducir, afrontó los más de 3.000 kilómetros de recorrido a los que hay que añadir los de concentración entre Zaragoza y Algeciras, y, como me explicaba su esposo, sus vacaciones continuarían durante todo el mes de agosto por Portugal.

Sobresaliente para ellas y mención especial para gran intrepidez de esta última.

LA ORGANIZACIÓN

Roulot, S.L. es una empresa madrileña especializada en compra, venta y reparación de caravanas y autocaravanas, así como en todo tipo de accesorios para campistas. Como otros muchos, me vine a enterar de que estaban organizando este viaje por Marruecos a través de su página de internet y el catálogo que como cliente me enviaron. No lo dudé y envié mi inscripción al tiempo que entregaba una copia a mi club por si alguno quería secundarme, pero los que lo hicieron llegaron tarde y quedaron en lista de espera, y no pudieron viajar. Me parecieron, los organizadores, un tanto rigurosos, pues igual daría 40 que 50 y no entendía el límite, pero tras el viaje, ahora si lo comprendo: Todo está en función de determinados puntos en los que 40 digamos que caben apretados, y 50 (por decir una cifra superior) no tendrían acomodo; o las dificultades de asegurar una reserva en un campig en el que, cabiendo muchos más, pudiese ser que las plazas estuviesen tomadas por quienes llegaron unas horas antes y la formalidad de los propietarios del camping no estuviese acorde a los parámetros europeos. Los organizadores tratan de asegurar el éxito de su proyecto en lo que su experiencia les indica que pueden abarcar, y no se dejan cegar por la ganancia fácil de unos cuantos miles de duros; por eso, lo que comenzó en España como la primera experiencia de este tipo de viajes, en 1998, se consolida en su tercera edición del año 2000 como un éxito sin precedentes, y apenas concluido el viaje ya están siendo formalizadas las primeras reservas para el próximo año.

Es evidente que estas ediciones de "Caravana hacia Marruecos" se han convertido en un clásico en el calendario de los buenos autocaravanistas. Roulot es una empresa pionera en este tipo de viajes y pienso que no tardarán en salirle competidores. Pero su experiencia le proporciona un plus de ventaja al que será difícil que otros lleguen.

EL RECORRIDO

El director de la expedición, José Manuel Jurado, es un tipo especial, absolutamente enamorado de Marruecos y sus gentes. De esto nos dimos cuenta a las pocas horas de rodar por aquellas carreteras. El aspecto económico es puramente secundario y estoy convencido de que si se lo propusiese podría organizar tres o cuatro expediciones en cada verano, pues personal básico para hacerlo tiene, su experiencia quedó harto contrastada y autocaravanistas no le faltarían. Pero el personal, es el personal de Roulot, S.L. que se "toma" el mes de agosto de vacaciones y sacrifica esos primeros 15 días en un viaje que puede resultarles apasionante la primera vez, pero sacrificado y duro, durísimo, en las siguientes ediciones, pues su tarea es que no nos falte nada a los expedicionarios, algo que logran con su buen hacer.

José Manuel, el "jefe", diseñó un recorrido singular, plasmado en un meticuloso rutómetro al estilo del de un rally, que es posible que coincida con el recorrido natural que, quien quiera conocer en extensión Marruecos, se plantearía. Pero la clave es el contraste, las diferentes distancias a recorrer en cada etapa y las sorpresas con que motiva a los expedicionarios. De norte a sur por el este de Marruecos, con una primera etapa de más de 300 kilómetros, nos lleva desde la frontera con Ceuta a Fez, a través de las retorcidas carreteras de las montañas del Rif, tras una interminable faena de los trámites fronterizos y el oportuno madrugón. La etapa, con todos estos ingredientes, tiene truco: te levantas a las seis para superar dos o tres horas de trámites aduaneros, y cuando comienzas a rodar lo haces con la hora marroquí (dos menos) y por las difíciles carretas del Rif. No son los más de 300 kilómetros y el fuerte calor lo que te fatiga, sino la carga emocional del primer día en el que lo quieres ver todo.

Superado Fez vuelve otra etapa con truco: cuando esperas desierto y hamada, caminas hacia los Alpes... en los que dirías que te encuentras si no fuese por la vestimenta de los lugareños y los monos. Porque de las montañas del Rif has venido a pasar a la estación de montaña de Ifrane, en el Medio Atlas, algo sorprendente y que difícilmente lo concibes en Marruecos. Pero los 2.500 metros de altitud, los interminables bosques de cedros centenarios y los monos que acuden al pie de la carretera, te convencen de que sí, que es cierto, que aquello también es Marruecos. De ahí en adelante la hamada es continua, desoladora, interminable y dura, hasta que afrontas el Alto Atlas para superarlo y bajar a lo que constituye el centro neurálgico del viaje: las pistas del desierto y las dunas de Merzouga. Es la magia de un itinerario pleno de sorpresas que concluye en Marraquex. A partir de este punto la brújula se orienta al oeste para alcanzar el mar en lo que fuese el Cabo Mojador y ahora es Essaouira, para ir remontando por Casablanca y Rabat a Tánger, a través de un paisaje totalmente diferente y en todo caso mucho menos apasionante que el de las primeras etapas. Pero es Marruecos y hay que verlo.

LAS CARRETERAS

En términos generales son buenas. Este es uno de los primeros mitos que se nos viene abajo, y sólo excepcionalmente los pavimentos tienen baches. Es cierto que en la zona del Rif la carretera tiene algunos puntos negativos al no estar bien delimitados los arcenes, y es cierto que para acceder a tres o cuatro lugares que "hay que ver" los baches del asfalto son un martirio, pero de los más de 3.000 kilómetros recorridos esto puede suponer como mucho unos 200. En este concepto de carreteras no incluyo los 70 kilómetros que recorrimos por las pistas del desierto, pues aquello era otra cosa. Si que es lógico que añada que mucho del recorrido del Marruecos atlántico es por autopista.

LAS GENTES

Son gente en general humilde, en muchos casos analfabeta, pero no miserable. Son extremadamente hospitalarios y serviciales, y esto es más auténtico cuanto más al este y al sur nos encontremos, pues el ambiente es rural, la vida muy dura y la solidaridad patente. También influye la presencia de los nómadas para los que la moneda es secundaria y el trueque la base de su convivencia. En las grandes ciudades hay de todo, como ocurre en el resto del mundo: el turista es una posible fuente de ingresos y por eso hay abundancia de "guías" que se nos ofrecen por doquier. También pululan los pillos de los que hay que cuidarse. En los zocos y en las medinas el regateo es la norma; y también en los ambientes rurales. Por extraño que parezca, salvo en la aduana al salir de Ceuta y lo mismo en Tánger al embarcar, en todo el tiempo que he permanecido en Marruecos no "eché" nunca la llave al coche, algo que en mi civilizado pueblo de Ourense sería un descuido fatal. Y no digamos en Madrid, Barcelona o Sevilla.

LOS NIÑOS

Sin exagerar nada, en todo el este y el sur, y hasta llegar a la costa, debajo de cada piedra hay un niño que te quiere vender algo o pedir cocacola. En las tres veces que cruzamos el Atlas cada cien metros estaba un niño jalonado el recorrido. No es tanto el agobio cuando los tienes delante: presionan un poco pero se mantienen respetuosos. Si le das un bolígrafo a uno te aparecen otros cuantos más, como es lógico, a pedirte otro. Si nos divertimos dándole un caramelo a un mono que está al pie de la carretera, a un niño tendríamos que darle la vida. Desgraciadamente en las grandes ciudades los niños son explotados, a veces en trabajos de pillería y a veces en trabajos inhumanos. Hay que denunciarlo y cada cual reacciona ante estos hechos con más o menos carga emocional: No se puede permanecer impasible cuando te muestran unos talleres gremiales de cerámica y ves que niños de siete años están sentados de mala manera en un suelo de tierra, tallando pequeños trozos de azulejo, para que luego los maestros ceramistas compongan, por ejemplo, los formidables y lujosos arabescos del mausoleo de Mohamed V. Contra esto hay que gritar y hay que cabrearse, o por lo menos, negarse a seguir el recorrido de la visita.

La pillería también existe en capitales de la Península, y bien sabemos que hay niños que son "alquilados" para formar una familia que pide limosna y por lo tanto, hoy está con ésta y mañana con la otra.

EL RIESGO

El riesgo de conducir por Marruecos existe; su particular código no es el nuestro y te lleva algunos kilómetros adaptarte a comprender que donde hay una raya, sea continua o discontinua, no significa que se pueda adelantar o no: sólo la pintan (o eso parece) para determinar donde esta el centro de la calzada. Porque todo lo que en Marruecos se mueve es un peligro real del que tienes que cuidarte; y lo que está quieto, peor, porque nunca sabrás de lo que te tienes que cuidar. Adelantan siempre que pueden, que acabé convencido de que pueden siempre. No importa un cambio de rasante ni una curva: adelantan y te llevan el retrovisor a la que te descuides. Si los bordes del asfalto están recomidos el coche que viene de frente se mantendrá por el centro hasta que tú, acojonado, te "bajes" por tu lado pegando tumbos. Cuando aprendes, o te previenes "bajando" prudentemente, o disminuyes la velocidad unos metros antes hasta casi detenerte, manteniéndote en el asfalto; entonces, el otro, no tiene otra solución que disminuir también su velocidad o directamente "bajarse" por su lado. Este es un buen truco, pero por si acaso hay que estar atento a que el otro se te venga encima. En este caso, lo mejor es ceder y aguantarse.

En las ciudades el caos es total, y en las rotondas no tiene preferencia el que está "dentro" girando, sino que se cede al que aparece por la derecha. El barullo de bocinazos es increíble, y no te vale el recurso de mantenerte en el carril de la derecha con el tráfico lento, porque los carros tirados por burros taponan el paso, y cuando no, los camiones y camionetas desvencijados.
 

En la medina de Fez la estrechez es tal que sólo se circula a pie y con burros y mulas, también con bicicletas y carretillos; en la de Marraquex hay menos angustia, pero lo mismo se forma un taco con una camioneta que viene contra un carro tirado por un burro, que no hay manera de que ninguno de dos dos ceda, porque por detrás de cada uno de ellos hay otros dos carros, cinco o seis burros y doscientas motos. Por mucho que te asombres, no vale la pena quedarse a ver la solución: si logras pasar o simplemente quitarte de en medio, lo prudente es seguir y dejarlos, que sabrán ellos qué tienen que hacer.

Lo de los taxis es la rehostia. Si es por el medio rural, cada taxi viene a ser como un minibús: un cliente lo "toma" y ajusta el precio de la carrera de tal a cual pueblo; al poco rato otro lo para, ajusta su recorrido y ya son dos; pero enseguida esto se repite, y a los cinco kilómetros en taxi lleva seis tíos detrás y cuatro delante. Y de la misma manera, se bajan al llegar a sus respectivos destinos. Te puedes quedar absolutamente perplejo cuando uno se baja en un punto en el que "no hay nada"; pero es que ese es el punto más cercano de su pueblo, que puede distar aun varios kilómetros que esta gente recorre pacientemente, a pelo, bajo un sol de justicia. En Marraquex, donde permanecimos tres días, los organizadores apalabraron a un taxista que nos llevaría desde el camping (unos 15 kilómetros) al centro, por 100 dirhan ida y vuelta. Pero si en vez de uno fuésemos más, el precio sería el mismo repartido entre los viajeros. El "empresario" disponía de un Mercedes bastante vetusto, como la mayoría de los taxis, que conducía su hermano menor; él, en paralelo, manejaba un, aun, más vetusto Renault 18, a todas luces pirata. "No hay problema, amigo", era su frase favorita. Y te llevaba hasta el corazón de Marraquex: la mundialmente conocida torre gemela de la Giralda, la Koutoubia, referencia inevitable y centro neurálgico de la ciudad. "Tu vienes a las nueve y media y yo te recojo aquí mismo: No hay problema, amigo, me pagas después". Y así era. Pero si al ir éramos tres o cuatro en el taxi, al regreso había oberbooking: los de las 9, los de las 9:30, los de las 10 y los de las 10:30, hartos de recorrer una y otra vez la famosa plaza de Jemaa el Fna, su zoco y todo el inmenso barullo que allí se forma a partir de media tarde, íbamos confluyendo en el punto fijado para tratar de anticipar nuestro regreso. Y el taxista llegaba puntual a la cita y se encontraba con diez o quince pasajeros no previstos... "Es igual, amigo, no pasa nada: ahora llamo a mi hermano y os llevamos a todos". Teléfono móvil por medio, en un minuto estaba el otro taxi y todos "acomodados", unos encima de otros, para el regreso.

Aquel taxista era un poema: Manejaba el volante, tocaba constantemente la bocina, consultaba una libreta donde tenía anotado los viajeros que tenía que recoger a cada hora, escuchaba la radio, hablaba por teléfono constantemente dando órdenes, bailaba al son de la música de la radio, y aun le quedaba tiempo para hablar con los viajeros y meterse con los chóferes de otros vehículos que le estorbaban. Yo iba delante, pero detrás empezaba a sentirse cierta preocupación, entonces comencé a animar al taxista para que corriese más, para que bailase más, para que tocase el pito a todo dios... (digo Alá) que se pusiese por delante, para que siguiese hablando por teléfono y para que nos explicase a modo de guía el recorrido... Pensé que si manejaba así el volante todos los días, y estaba ileso, pedirle prudencia era cuestión baladí y por eso opté por jalearlo. Aquel regreso alcanzó niveles delirantes sin que el hombre perdiese su constante sonrisa: "No pasa nada, amigo: ya hemos llegado" y así era, estábamos en medio de la explanada del camping envueltos en una nube de polvo generada por el frenazo. Y estábamos vivos.

¿ACCIDENTES?

¿Qué cuántos accidentes presenciamos? Personalmente sólo encontré una colisión entre una vieja camioneta y una flamante autocaravana integral, de un italiano, en las proximidades de las gargantas del Todra, sin mayores problemas que alguna abolladura y las discusiones que la segura falta de seguro de la camioneta provocase. Otros colegas de nuestro grupo con los que consulté, me indicaron que habían visto otro accidente, y uno de ellos en la primera etapa y en un cruce con otro vehículo, orilló en exceso se vio en dificultades que resolvió con pericia y sin consecuencias. También, entre nuestros vehículos, se produjo algún pinchazo y algún reventón, que resolvieron las asistencias de la organización. Y eso es todo después de 3.000 kilómetros... de lo que se deduce que hemos tenido suerte. O quizás, que todo esto ocurre dentro de un tono medio de velocidades de crucero, que siempre están por debajo de los 90 kms./hora y por ello da tiempo a tomar precauciones y salvar felizmente las situaciones críticas. Algo de trabajo me costó readaptarme a la velocidad de crucero de las autovías españolas, donde todas las maniobras se realizan a velocidades de crucero superiores a los 120 kms./hora.

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CARAVANA A MARRUECOS 2000 (II)

SENSACIONES Y EMOCIONES PARA SER VIVIDAS DESDE LA DUREZA Y LA SATISFACION

SEGUNDA PARTE:

Los colegas, la convivencia, la solidaridad y pequeños incidentes

De todas las edades y con diferente experiencia, éramos los que componíamos el grupo de la expedición del año 2000. Todos salimos airosos de la experiencia, con la única y lamentable baja de un colega cántabro, al que se le rompió la bomba del agua del motor de su autocaravana en plenas pistas, al regreso de las dunas de Merzouga. Gran desilusión para esta familia, pues fueron infructuosos todos los esfuerzos que para reparar la avería se hicieron, y no hubo manera de lograr que la marca FIAT dispusiese del necesario repuesto ni en Marraquex, ni en Casablanca, ni en ninguna otra gran ciudad de Marruecos. No quedó otra solución que repatriar el vehículo a España y con él a la familia, tras tres días de espera en Erfoud, el punto más "caliente" del recorrido con temperaturas entre los 50 y 55 grados centígrados. Fue una pena, y más si consideramos que la autocaravana apenas tenía 20.000 kilómetros, por lo que era de las más nuevas y fiables. De todas formas, la falta de repuestos de FIAT no es un punto a favor del crédito de la firma italiana. En cambio, un matrimonio de Castellón, con una autocaravana "Roller" sobre base Mercedes, con más de 20 años, casi una joya de colección, aguantó los altos rendimientos que a todos los vehículos se les exigieron, en durísimos recorridos por las pistas del desierto y retornó a casa sin mayores novedades que la lentitud que en algunos puertos de montaña imponía su ya exprimido motor.

A lo largo de los días vas coincidiendo con unos y otros, y desde el nivel de independencia que disponíamos, observé que se formaban grupos de afinidad por paisanaje, por coincidencia de edades, o por conocimiento previo. También la condición familiar puede determinar un grupo concreto. Así, dos o tres autocaravanas de Galicia trataban de estacionarse siempre juntas tras los desplazamientos en los que iban siempre de acuerdo. Del País Vasco se formó otro grupo, y también lo hubo de catalanes. Pero otros fueron totalmente mixtos y en muy buena convivencia.

SOLIDARIOS

Cuando regresábamos de las dunas, ya en Erfoud, coincidimos varios en una estación de servicio tratando de suministrar combustible y... agua. Estábamos mirando un grifo, y uno lo abrió y salió agua. Entonces pensamos en cómo hacer llegar el agua a los depósitos del coche, y algo tan elemental como un trozo de manguera parece que a nadie se le había ocurrido que fuese necesario: En Europa la manguera está disponible siempre al lado de la que sirve aire para las ruedas. Un colega de Madrid, que venía con su hermano, cada cual con su familia y su autocaravana, tenía el tesoro en el que un trozo de manguera se convirtiese en aquel lejano pueblo, que enseguida acopló y llenó el tanque de su autocaravana. Luego lo hizo el hermano, y como ya éramos varios los que estábamos expectantes bloqueando la estación de servicio, me dijo: "Al terminar mi hermano te sirves tú, y luego que se sirvan los de la número tal, y estos ya recogen la manguera y me la traen al finalizar la etapa". Así dicho, es lo normal; en donde estábamos y el presumible valor de aquel trozo de manguera, modificaba el parámetro de la normalidad, porque arrancó él, me serví yo, dejé el sitio al otro, y al poco rato estaban pendientes de la manguera otras diez o doce autocaravanas para servirse, y sólo, cuando íbamos arrancando podían situarse los otros... y claro, al final, pudiese haber ocurrido que el último en servirse entendiese que la manguera era de la estación de servicio por no recibir bien el aviso de recogerla. Pero la manguera pasó del último en servirse a quien éste pensó que era el propietario, que, a su vez, se la entregó a un tercero que pensaría que fuese el verdadero dueño, pero éste, que recibió el recado de recogerla de otro, se la dio y... tras pasar cinco o seis presuntos propietarios llegó a su verdadero dueño.

Por ahí adelante, en grupo y sin conocernos apenas, la gente resulta cojonuda, tanto en ceder algo para que se sirvan otros, como en cuidarnos de que el objeto cedido retorne a quien lo cedió.

INCIDENTE

Me parece necesario tocar este tema de forma diferenciada, pues es otro ejemplo de convivencia en el desconocimiento. Al finalizar la segunda etapa, en el oasis de Meski, en medio de un polvoriento suelo y ya de noche, el "jefe" en su charleta diaria, nos propuso un tema para debate sobre si era o no era bueno que llevásemos ropas usadas, bolígrafos y caramelos para entregar. Según un estudioso amigo suyo que se había integrado en Marruecos, no era bueno, pues se educaba a los niños y a los menos niños, en el limosneo y la pillería...

Se me ocurrió contar cómo me había detenido cerca de una haima para fotografiarnos con esta gente, y antes les había entregado alguna ropa recibiendo inmediatamente el agradecimiento de aquellas gentes con una invitación al té. Pretendí exponer mis reacciones emocionales ante esta experiencia de hacer llegar una donación directamente a su destino sin intervención de dudosos intermediarios, en contraste con los niños tallando pequeños azulejos en el barrio de ceramistas de Fez, pero sin duda no estuve afortunado en la forma en que expuse lo de los intermediarios y en la pasión que el tema de la explotación de los niños me provoca, y unos colegas se enfadaron y se levantaron de la reunión y se fueron tras decir que no estaban allí para aguantar cuestiones políticas. Como no había luz no pude saber de quiénes se trataba y por más que pretendí en días sucesivos darles una satisfacción, no logré hacerlo por no poder identificarlos. Además, la víspera, en la estación de montaña de Ifrane, tras la charleta del "jefe", se produjo otro incidente que estos colegas me recordaron¸ pues se había previsto una gran "queimada" y en ese momento unos lugareños montaron una enorme hoguera alrededor de la que algunos se situaron con sus sillas, minimizándose así el efecto mágico de la dichosa "queimada". Me enfadé un poco y le pedí al "jefe" que apagasen la hoguera y que la hiciesen una vez terminada la "queimada". Un gallego metido en un bosque de cedros centenarios y con quince litros de aguardiente, es una cosa muy seria, y así lo entendieron los otros colegas gallegos y muchos más que me arroparon enseguida para que no me sintiese desairado. La hoguera se apagó y la ceremonia de la "queimada" se realizó con sortilegios y conxuros, y fue un éxito.

Esto fue así, y cuando al día siguiente se enfadaron aquellos colegas, aludieron a lo de la hoguera porque ellos se habían sentado a su alrededor, y yo les había reprobado el hecho que ahora, porque entendiesen que mi discurso sobre los niños fuese un alegato político, me hacían saber y por eso se iban de la reunión. Bueno, entre los que habían ido a sentarse alrededor de la hoguera, estaba también mi esposa, que hasta me estaba guardando el sitio. Así que también fue destinataria de mi enfado, y cierto es que no fui consciente de ello, porque no es lo mismo armar bronca en la oscuridad que armársela a tu mujer: "las consecuencias pueden ser calamitosas".

Pienso que esto fue así porque siendo cierto que el espíritu del campista es especial para la convivencia en campamentos, el de los autocaravanistas es todavía más singular y solidario; sin tratar de ofender a nadie, el autocaravanista viene a ser el máximo exponente de todo lo que supone el campismo. A esta gente que se cabreó conmigo le pido desde aquí disculpas y les agradezco que tuviesen la elegancia que adorna al autocaravanista, al mantener la convivencia y la solidaridad del grupo obviando cualquier posible discrepancia.

MÁS PEQUEÑOS ERRORES

Quizás, redundando en mi falta de tacto o en mi torpeza para expresarme en aquella reunión, venga a cuento recordar alguna de las cosas que se dijeron y que tampoco tuvieron la fortuna de que se utilizasen las mejores de las posibles metáforas, si bien no dieron lugar a que nadie se retirase de la reunión.

Explicó una colega que en la medida que aparecían los niños, que ella iba tirando los bolígrafos y los caramelos por la ventanilla del coche, porque si se paraban era un lío. Esto podría llevarnos a las imágenes de la película "Bienvenido Mr. Marshal", y a la barrera que separa al poderoso que aparenta tenerlo todo (los americanos de los años 50) y al humilde que sueña con tener algo (los españoles de aquel pueblo de ficción). Es cierto que en algún momento esto se nos pasó por la mente a todos los expedicionarios, y también es cierto que unos lo afrontamos de una manera y otros de otra: tirando los caramelos y bolígrafos por la ventanilla, distanciándose; o parándose en una haima para entregar en mano un lote de ropa y aceptando una invitación al té, eliminando la distancia. Por eso surgió otro colega, que sin señalar, pidió que por favor no se hiciesen ese tipo de "repartos" porque al ir él (u otro) detrás de quien lo fuese haciendo, había estado a punto de atropellar a un niño que se lanzó a recoger los caramelos sin mirar que detrás venía otra autocaravana. Esto es un hecho que enseguida se corrigió, y no tiene carga política ni en quien lo expresa ni en quien pide prudencia, y que se pare, se soporte el presión de los niños, y se entregue, lo que sea, en mano y con dignidad. "España va bien", pudiese deducirse de esta anécdota, pero no tanto que nos creamos, en tierra de ciegos, reyes, por ser sólo tuertos.

Dijo otro que mal que nos pesase, cada uno de nosotros éramos un dólar con patas... Bueno, discrepo: en todo caso con piernas; pero cada cual es sabedor de sus recursos económicos y si bien nuestra diferencia con los habitantes de los lugares que estábamos recorriendo, era evidente, estábamos utilizando una moneda que no tiene cotización internacional y que valía sobre 18 ptas. unidad, y que por unos u otros motivos, hacía que todo tuviese un sobrevalor ficticio, pero que al final pagábamos. Pronto comprobaríamos que las gentes de Marruecos son amables, hospitalarias, serviciales y, sobre todo, listos, hasta el punto de hacernos creer que, efectivamente, éramos dólares con piernas para que nos condujésemos como tales en su beneficio. ¿La renta per cápita de los españoles, es de verdad pareja con la de la Comunidad Europea?. Si nos consideramos "dólares con patas" en Marruecos, puede que lleguemos a creernos que sí, pero me temo que nuestro poder económico no llegue a tanto si nos comparamos con alemanes, noruegos, franceses y no digamos americanos USA. ¿Alguien puede acusar a quien sacó lo de los dólares con patas de estar hablando de política económica?. Igual sí.

Uno de mis paisanos fue más lejos en esto de las metáforas, y tras venir a lo de que si se hablaba de política él también se iría, expuso, al hilo de tirar los caramelos desde la ventanilla, que teníamos que ser comprensivos y darnos cuenta que no podíamos obrar como si viniésemos montados en un "caballo blanco"...

Bueno, la mayoría de las autocaravanas eran blancas, pero quede claro que mi furgoneta es verde. Porque esta metáfora del caballo blanco se me ocurre que tiene dos orígenes: O viene de los caballos blancos de los príncipes de los cuentos de hadas, que en Marruecos y en la zona que estábamos atravesando no encaja ni con calzador,o se le fue la olla y estaba pensando en el caballo blanco de Santiago y cierra España, lo que sí que es metáfora inoportuna. Porque en mi conciencia de español y gallego, aun no entiendo que el dios de los cristianos le diga a un santo apóstol pescador que está con él en el Cielo disfrutando de la Gloria, que se coja un caballo (blanco), se arme de una espada y baje a todo galope a degollar sarracenos a Clavijo. ¿Por qué? ¿O por qué siguen expuestas a la idolatría imágenes de un apóstol degollador de seres humanos? Pues por pura y sencilla conveniencia política (ofrenda y patronazgo nacional) y económica (turismo: "dólares con patas").

¡Calma!: Me he limitado a exponer cómo, cuando se quiere, se le pueden buscar las tres patas al gato partiendo de la distancia que se impone tirando cosas sin detenerse a entregarlas en mano; o sintiéndose un dólar con patas; o subiéndose a un caballo blanco como el mito del apóstol. Porque estas situaciones responden a reflejos emotivos y a prejuicios con los que entramos en Marruecos, y siempre concluyen en que algo va bien en España que marca una diferencia enorme sobre aquella tierra de la que se huye en patera. Y todo esto es resultado de una determinada política social de cada gobierno.

Afortunadamente, aquella accidentada noche cerró el capítulo de prejuicios y dio paso a un disfrute más comprensivo y humano del contacto con las gentes. Empezábamos aprender cosas sobre Marruecos. Pero lo más ingenuo, y desde una sinceridad incuestionable, lo dijo otra señora al referirse a la buena gente que eran, lo amables y hospitalarios, siendo tan humildes, incluso, añadió, "no huelen mal", algo que es posible que hubiese comprobado, como en el anuncio del perfume, en las distancias cortas (es broma). Fue una gran ingenuidad, pero estábamos en el segundo día y aprendiendo a conocer a estas gentes, y habló desde el evidente prejuicio con el que enfocó el viaje. Hay que aplaudir la sinceridad de esta señora, capaz de serlo en medio de un grupo en el que apenas nos conocíamos.

ALGUIEN AYUDA

En uno de los pueblos del recorrido estaba señalada la visita, opcional, a un convento me parece recordar que de Josefinas o Clarisas, unas ocho o diez monjas entre las que había tres españolas, alguna italiana y alguna francesa, que llevaban a cabo una extraordinaria labor de enseñanza de labores artesanales a niñas y chicas marroquíes. La Iglesia cristiana desarrolla estas tareas a través de la abnegación y entrega de gentes capaces de darlo todo por el prójimo. No todos han de ser apóstoles justicieros. Fue una pena no estar más advertidos, porque mucha de la ropa y útiles escolares se pudieron traer directamente a estas monjas para que ellas mismas, en su conocimiento del terreno, lo distribuyesen. Aun así, algo se les dejó; y lo agradecieron, además de la visita. Que conste.

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CARAVANA A MARRUECOS 2000 (III)

SENSACIONES Y EMOCIONES PARA SER VIVIDAS DESDE LA DUREZA Y LA SATISFACION

TERCERA PARTE:

La frontera, anécdotas, parajes y ciudades

Algunos, o al menos mi esposa y yo, ya conocíamos la frontera de Ceuta, los injustificados (según convenga) trámites aduaneros y el cotidiano espectáculo de los "pasadores" de mercancías. Es un barranco contra el mar, y al pié del barranco hay un estrecho camino entre alambradas por el que discurre lentamente una interminable hilera de hombres y mujeres de edad avanzada, cargados de enormes paquetes. En la ladera del barranco van apareciendo otros más jóvenes, que bajan con la extraña habilidad de las cabras, y en el momento en que el forzado vericueto concluye acuden a recoger los desproporcionados bultos para llevárselos al interior de Marruecos. De todo, cajas de televisores, ruedas de motos... de todo. Los llevan colgados de los hombros como si fuese un doble macuto, por la espalda y el pecho, pero en vez de correas son cordeles de plástico que van clavados en las clavículas. Es un espectáculo, el primero que se presencia, aterrador.

EL PRECIO DE UN DESPISTE

Y, mientras, todos apretujados ante una ventanilla para visar los pasaportes, tras cubrir una ficha y preparar otra triplicada para los vehículos. El "jefe", dentro de su estructura organizativa, tiene sus contactos que como es el caso, ayudan a resolver problemas. Uno, y grave, lo protagonicé yo al no encontrar la documentación de mi "California", lo que a mí me resultaba insólito. Convencido de que mi aventura estaba finalizada, me acerqué a decírselo, y coincidió conmigo de que era una dificultad insalvable. Pero llamó a uno de los "arregladores" que me pidió el impreso y nos fuimos a comprobar el número del chasis de la furgoneta. Luego "habló" con otro "arreglador" que vestía fez y chilaba, y parecía ser más influyente, y allá nos fuimos todos a hablar con el oficial de mayor rango, un capitán de aspecto serio, alto y fuerte. Me indicaron que le explicase mi problema, y lo hice en español y en posición de firmes, llamándole "Monsieur Capitén". El de la chilaba tradujo al francés. Y el capitán dijo algo así como que como estaríamos 15 días en Marruecos, que pidiese a España que me enviasen una fotocopia de la documentación por fax, a Marraquex, o esto es lo que me tradujo el de la chilaba. Le había dado el impreso que se cubre para los vehículos, que tenía en sus manos, y le pregunté si era suficiente y cómo me presentaría en la ventanilla de los coches. No dijo nada; el de la chilaba me indicó que estuviese tranquilo y esperase, y va el capitán y se tira la mano a la espalda como si fuese a sacar una pistola, y resulta que saca una cajita, como las del rapé de los petimetres, la abre y saca una diminuta estampilla que ocupaba la mitad, la "moja" en la otra mitad que era un tampón, la estampa en el impreso sobre un par de frases que había escrito, y me dice en correcto español: "Vaya a la ventanilla y que le atiendan el primero". Y el de la chilaba va y me lo traduce como si lo hubiese dicho en francés. Y yo, que tengo los cojones negros del humo de cien combates, me cuadro, le saludo, le agradezco el gesto, y me planto en la ventanilla donde todo queda resuelto al apreciar el funcionario el visto bueno y la estampilla del capitán, que por cierto, llevaba su nombre y graduación y conservo como un recuerdo.

Me dice el "jefe" que le dé una buena propina porque al intervenir el capitán... Hablo con el primer "arreglador" al que ya le había sacudido las primeras 2.000 pelas en dirhan, y me dice que a él directamente no se le puede dar nada, pero que sí a través suyo. ¿Llegará con 200 dirhan? (unas 3.600 pelas). No, no, al capitán hay que darle por lo menos 500 dirhan... ¡¡¡9.000 pelas!!! Volví a coche con todo listo, pensando en el elevado precio de un descuido, pero convencido de que la documentación tenía que estar en el coche. La busqué, y allí estaba. ¡¡¡Manda carallo: 9.000 pelas por tonto!!!

EL MORO

La mañana iba de anécdotas, y en el apelotonamiento ante la ventanilla de los pasaportes, una pareja de jóvenes escandinavos me preguntaba qué era lo que llevábamos cubierto y dónde lo daban. Se referían a la ficha que todos habíamos preparado la víspera y que nos llegase a través de la naviera. Traté de explicárselo y apareció Aurelio, el del coche escoba de la organización, que por ser de color rojo le había rebautizado como el coche de los bomberos, que me dijo que disponía de fichas; le indiqué a la chica que lo siguiese que le daría los impresos. Allá se fue la joven con Aurelio, que es un tipo de edad media, moreno, muy buen tono físico, pero calvo y con la mandíbula medio caída... Apenas se subió a su furgoneta, la chavala se volvió corriendo y me dijo, media acojonada, en un español aceptable: "Es un particular..." y enseguida uno de los de nuestro grupo, en el que todavía no nos conocíamos bien, dijo: "Se habrá asustado al ver que el moro ese le pedía que subiese a su furgoneta", y la voz, un poco tímida de una mujer, rubia, que estaba con nosotros, exclamó: "De moro, nada: es mi marido, es Aurelio".

CHAOUEN

Pasamos de largo Tetuán, que ya conocíamos, y todos venimos a confluir en Chaouen, en las serranías del Rif, pueblo que tenía el mercado en pleno auge. Las tres horas perdidas en la frontera y los primeros kilómetros de Marruecos nos habían "transportado" a las once de la mañana, hora española, pero eran las nueve, hora marroquí. El descoloque era notable, el bullicio y el calor, enormes, y el apetito tras el madrugón se dejaba notar. Buscamos donde comer pero todo nos resultaba extraño. Fueron llegando más coches del grupo, buscaron unos guías y mucha de la gente se fue a visitar la pequeña ciudad, medio colgada de la ladera de una montaña y por lo tanto con cuestas y vericuetos. Siempre preciosa.

Compramos pan y decidimos que seguiríamos viaje y comeríamos en alguna sombra de los todavía más de 200 kilómetros que quedaban hasta Fez. Pero en la plazoleta donde aparcamos se habían ido amontonando otras autocaravanas que llegaron más tarde, y no pudimos salir. El sol era de justicia y la temperatura superaba los 45 grados. Encendí el motor y metí el aire acondicionado, nos armamos de paciencia y fuimos comiendo alguna fruta y algún yogurt. Un par de horas después aparecieron los demás, y el que me estorbaba, un asturiano cachondo donde los haya, me pidió mil perdones y me libró el camino.

LA MAS IMPERIAL

Es Fez, la más imperial de las ciudades imperiales. El camping es bastante aceptable con buenas duchas, piscina y otros servicios. Descansamos y a la mañana siguiente nos fuimos en visita guiada a recorrer la medina, seguro que la mayor y más intrincada de todas las posibles. Dicen que por sus callejuelas se pueden recorrer sin repetir calle más de 900 kilómetros. Son tan estrechas que sólo a hombros, o en lomos de burros y mulas, se pueden mover las mercancías y materiales que constantemente circulan. La UNESCO tiene establecidas unas importantes ayudas para su restauración y mantenimiento, y hay zonas de suelo ya restauradas, pero algunos edificios se están viniendo abajo al ser más costoso el transporte de los materiales que la restauración en sí. Sería indiscreto, entonces, preguntar en dónde, o en el bolsillo de quién para ser más preciso, están las ayudas (en dólares) de la UNESCO, destinadas a restaurar los edificios que no se restauran.

Describir el contenido de una medina, siquiera sea con fotografías, es pretender lo imposible: las medinas se contemplan desde fuera, y se recorren por dentro; lo que se pueda contar no llega nunca a reflejar lo que es aquello. Sí decir que el olor, junto con el calor, se hace insoportable, pero no son las alcantarillas como se pudiese pensar, que las hay y que están a unos ocho metros de profundidad, sino las cagadas y las meadas de burros y mulas que abundan por doquier. Cuatro horas de visita continuada acaban con el más pintado; la medina de Fez exige varios días dedicados a lugares concretos y en tiempos de dos horas como máximo. Pero esto sería visitar Marruecos en concreto y no en extensión, que es lo que nosotros pretendíamos.

IFRANE

Apoteósico: hay que tener mucha imaginación para emprender un viaje por Marruecos y pensar que se pueden recorrer muchísimos kilómetros de alta montaña, por bosques interminables de cedros centenarios, para acabar en un parque de fábula al pie de un telesilla en una estación de esquí, rodeado por colonias de monos. Cuando el "jefe" me pidió que trajese los útiles e ingredientes para hacer una "queimada" nunca pensé que el lugar escogido para ello pudiese ser tan adecuado y mágico. Pero cuando luego visitas palacios en las grandes ciudades y te explican que el artesonado y las puertas son de madera de cedro, comprendes que de algún lado la traerían. A fe que sí.

Pronto se instalaron en medio de las autocaravanas algunos lugareños con sus "bandejas" de collares, piedras y fósiles, y pronto empezamos a cambiar estos bonitos chismes por ropa. Un par de zapatillas, una docena de camisetas, algún pantalón, un viejo macuto y hasta el reloj dejé por allí, más encantado del trapicheo y de entregar algo que les fuese útil que deseoso de la mercancía que me ofreciesen. Al día siguiente aun siguieron los trapicheos, y unos kilómetros más adelante me detuve para fotografiar una haima, dejé a cambio de nada un buen lote de ropa y nos invitaron a tomar el té, ceremonia que duró aproximadamente una hora. En otra, presenciamos como hacían el pan y le cambiamos una pequeña pieza recién salida del horno por unas cuantas camisas.

MESKI

La etapa hasta el camping "Manantial azul" de Meski, situado en un oasis con un estanque natural en el que nos pegamos un buen chapuzón, resultó ser de las largas, y sobre todo, fuimos dejado el Medio Atlas y los bosques de cedros para caer por la ladera sur en extensiones interminables de hamada, salpicadas por palmerales de los varios oasis que nos íbamos encontrando. Dominando el horizonte en medio de una gran recta, como corriese un más que ligero norte, decidimos parar para comer, orillando fuera de la carretera. Me puse un turbante que me traje de mi visita a los campamentos saharauis de Tinduf (Argelia) para defenderme del vientecillo. Mi esposa empezó a preparar el condumio, y cuando menos lo pensábamos aparecieron dos niños y luego una mujer que nos saludaron y se quedaron plantados, silenciosos y respetuosos, mirando como comíamos y, muy especialmente, cada vez que mi mujer abría el grifo y veían correr agua. Bajé y les di a los niños unos caramelos y unos bolígrafos y le ofrecí ropa a la mujer. De paso miré de dónde carallo habían salido, y a unos 700 metros distinguí una haima en medio de la planicie. Pensé que con lo que les había dado se irían, pero no: siguieron allí, plantados, observándonos y sobre todo, viendo correr el agua del grifo. ¡Acojonante!: es la diferencia entre viajes programados en autocar y este otro tipo de viajes que te permite una autocaravana.

MISION IMPOSIBLE

Decidimos levantar y seguir el viaje hasta otro punto en el que no hubiese nadie, donde terminaríamos de comer. Vimos otros coches del grupo y pronto la gran llanura fue dejando paso a unas enormes montañas, inmensas y majestuosas, que anunciaban la primera gran travesía del Alto Atlas. Empezamos a subir, en algunos puntos en los que se corrigiesen curvas había buenos lugares para orillar que ya estaban ocupados por otros vehículos del grupo o directamente por lugareños y niños vendiendo "piedras" o agua.

Seguimos y seguimos, pasamos el puerto y en la bajada y después de unas termas, avistamos un palmeral y el cauce seco de un río. Eran las dos de la tarde... hora marroquí y el sol abrasador. Este es un buen sitio - dije- aquí no hay nadie y podremos terminar de comer y dormir un rato. ¡Leches! Apenas lo dije y apareció un joven de unos 25 años ofreciéndonos unos bonitos pañuelos a cambio de ropa. ¿Y cómo me lo quito de encima?- pensé-. Bueno, no hubo manera: Mira -me dijo en correcto español- hace mucho calor, y si no te interesa comprarme nada, no te preocupes, venid a mi casa que está fresca, tomamos un té y charlamos; cuando sean las cuatro podemos visitar una casbah que hay aquí cerca... No te puedes negar a lo que te ofrecen con tanta sencillez y hospitalidad. Subió a la furgoneta y nos salimos de la carretera por un camino de cantos rodados pegando tumbos, nos metimos por medio de un pueblo y me dijo que parase, que ya estábamos delante de su casa. Bajamos y entramos en una estancia de unos diez metros cuadrados con el piso de cemento y unas colchonetas al fondo y las preceptivas alfombras. Nos pidió que nos sentásemos y enseguida se puso a preparar el té. Había estado en diversas partes de España y su charla era despaciosa y relajante; dos o tres puertas, semiabiertas, dejaban pasar una suave corriente que mantenía una temperatura agradable. Lamenté no disponer de más ropa para poder dejarle; pero eso ya no era un problema. Entonces le pedí su nombre y dirección en la idea de enviársela desde España, y enseguida me la escribió en un papel. Tomamos el té, y cuando habían pasado las cuatro de la tarde decidimos reanudar el viaje... sin haber podido concluir nuestra comida.

Levantarnos del suelo fue tarea complicada; ellos se sientan en cuclillas y nosotros de lado, así que la falta de costumbre, el reuma, las agujetas de las muchas horas sentados en el coche... en fin, mejor me olvido.

¡EL COJO!

Son listos como el hambre. Entre los contactos que en cada punto caliente del recorrido tiene "el jefe", está "El Cojo", un tipo al que le falta una pierna por encima de la rodilla y que se mueve con sus bastones a ritmo de ejecutivo de altos vuelos. Controla a otras dos docenas (o más) de elementos que le obedecen ciegamente y que, para hacer patente su "encuadramiento" no dudan en decirte: "Yo soy de los de El Cojo", y añaden para rubricarlo: "El Cojo es cojonudo".

Su cuartel general radica en Erfoud, muy al sur y al este de Marruecos, donde nos encontramos con un número inusitado de "Land Rover", todos impecables, del modelo "Defender". Se alquilan y con su correspondiente guía te llevan por las pistas del desierto a puntos insólitos. O si dispones de tu propio vehículo todo terreno te hacen de guías. Son los amos del desierto. A todo esto mi estado de salud se había tornado crítico ya desde la noche anterior, y al pretender "corregirlo" me había tomado entre el desayuno y la hora de inicio de la etapa unas tres o cuatro cápsulas para regularizar el asunto, que unido a la pastillita de la tensión, trajo como consecuencia que tuviese una cierta tendencia a caminar más por los arcenes que por el asfalto, de lo que mi paciente esposa no hacía más que advertirme. Logré llegar a la hora de concentración en Erfoud antes del ataque a las pistas del desierto, de verdad, tocado y bien tocado. Mi única obsesión era aparcar a la sombra (asunto de alta dificultad) y dar una cabezada. Pronto se interesaron por mí varios de los miembros de la organización y el "jefe" me ofreció un relevo para el volante; incluso alguno de los ayudantes de "El Cojo" me explicó amablemente que disponía de permiso de conducir y que no había problema. Pero para quien tiene muchas horas de volante, y muchas de ellas en conducción deportiva, atacar un tramo de casi 40 kilómetros de pista en el desierto es toda una liturgia a respetar; tarea casi tan sagrada como para un gallego el ritual de la "queimada". Así que agradecí el gesto a todos y arranqué.

MERZOUGA

Salimos, en esta etapa, en formación y bajo estricto control de los organizadores y los guías, desde Erfoud, por una dificultosa carretera plagada de baches y en algunos tramos invadida por la arena. En el coche del "jefe" iba el líder de los guías, "El Cojo". Tras unos 15 kilómetros se acabó el asfalto y salimos a las pistas, que no son otra cosa que aquellos tramos de la desértica hamada que tienen el suelo de tierra más o menos compacto y permiten rodar sin peligro de hundirse en la arena. El terreno era llano, a primera vista, pero con ciertas ondulaciones de apenas un par de metros o tres de altura, a modo de colinas. Los guías se mueven por estos parajes como peces en el agua, y no trazan recto sino que bordean esas mini colinas de forma que al poco rato las 43 autocaravanas formaban una larga y sinuosa hilera, levantando una cortina de polvo que se llevaba la brisa constante hacia nuestra izquierda, serpenteando en contraste fotográfico con el sol poniente. Formidable. En cierto modo y salvando el hecho de que estábamos en pleno desierto, podríamos decir que los guías siguen una pista de tierra dura formando el mismo camino que un río establece cuando al llegar a la llanura forma un meandro. Salirse de la hilera y pisar fuera de la huella que determina el guía es exponerse a quedar atrapado en la arena.

Cada vez el espectáculo del sol poniente y la polvareda, y nosotros mismos que formábamos parte de él, se hacía más increíble. Llegamos a una gran llanura, esta vez sin ondulaciones y nos estacionaron en una gran fila en paralelo unos con los otros. El sol enfrente. Estaba previsto que haríamos una salida en flecha para dejar un testimonio gráfico. Así lo hicimos y en la medida que caminábamos las furgonetas que éramos los encargados de iniciar la arrancada, se fueron incorporando el resto de los vehículos para luego confluir de nuevo en una fila y encaminarnos a la misma base de nuestro destino: las imponentes dunas de Merzouga, pasando por un pequeño poblado donde un destartalado letrero indicaba: "Hostal de El cojo". En efecto, nuestro guía mayor tenía incluso media docena de habitaciones para alquilar a los turistas. Estacioné el coche, armé malamente la cama y me tiré en ella. Mi esposa me descalzó y aligeró de ropa, según comprobé al día siguiente cuando desperté, y todo lo que ocurrió lo sé por lo que ella y otros me contaron. Al lado de nuestra furgoneta estaban instaladas dos enormes haimas, en las que estaba previsto realizar lo que en el programa aparecía como "Cena Mágica" en el desierto, al estilo bereber.

Me contó mi esposa que todo fue bien, que incluso había un grupo folklórico y que la cena fue buena y abundante, aunque ella no llegó a asistir a toda, en parte por atenderme y en parte por haberse tomado también unas cápsulas, ya que andaba igual que yo, en plena crisis de seguidillas. La cuestión es que, para que las emociones fuesen totales, empezaron a caer unas gotas de agua (en el desierto también llueve) y sin solución de continuidad se abatió sobre nosotros una tremenda tormenta de arena y viento, que se llevó, de principio, una de las dos haimas, y como algunos niños estuviesen jugando mientras los mayores disfrutaban del espectáculo y de la sobremesa, todos los padres intentaron localizarlos y ponerlos a cubierto, pero la arena que el viento movía en remolinos era tan impenetrable como la más espesa de la nieblas, y no había manera, me explicaban al día siguiente, de orientarse siquiera hacia las respectivas autocaravanas. Aquello duró un buen rato, y de la misma manera que llegó se fue y reinó la calma más absoluta. Algo recuerdo que en medio del follón mi esposa me decía que estaba entrando arena, que le dijese cómo se cerraban las ventanillas... Sí, es posible que al fin le hiciese caso y como son cierres eléctricos le pusiese el contacto y las cerrase. Pero la "California" estaba llena de arena por todas partes. Y las autocaravanas de los demás se encontraban en igual estado, pues dada la temperatura a nadie se nos había ocurrido cerrar nada.

Por la mañana estaban algunos bereberes recogiendo la haima que había volado y plegando también la otra; había mucha actividad y algunos colegas habían contratado varios "Defender" para hacer excursiones; y los que no, camellos, que no sé bien de dónde, "El Cojo" había traído en buen número. Otros se atrevieron a subir al alto de las dunas (unos 250 metros) a pie, para hacer fotografías. Todos hablaban de la tormenta de arena y de la cantidad de ella que tenían en la autocaravana, pero como en el regreso se esperaba que todavía quedaba una cierta ración de polvo y arena por aguantar, las tareas de limpieza se dejaban para el final de la siguiente etapa que estaba previsto en un camping próximo a la Garganta del Todra.

Retornamos de nuevo por las pistas del desierto dejando atrás las dunas de Merzouga, con la desagradable novedad de la rotura de la bomba del agua de la autocaravana del colega cántabro. Los mecánicos de la organización se volcaron pero la bomba estaba inservible. Se puso en movimiento todo el aparato de apoyo para conseguir el repuesto en Marraquex, sin éxito, fracasando también en Casablanca y Rabat. Tuvieron que quedarse y esperar una plataforma para cargar el coche y repatriarlo. Fue un palo para esta familia, y un palo para todos los demás. El resto fuimos pasando las dificultades sin otros sobresaltos que los que llevaban vehículos de tracción trasera, o poca habilidad en ciertos pasos "blandos", sufrieron al quedar atrapados. Pero enseguida entre los de la organización, los guías y los colegas más cercanos, sacábamos del atolladero en volandas al "atrapado" e insisto que salvo el tema de la rotura, todo se solventó con eficacia.

TODRA Era nuestro siguiente destino.

Ya no caminábamos hacia el sur sino directamente al oeste. Los pueblos tenían poco interés o su ambiente era repetitivo; de cuando en cuando una casbah, pero vista una vistas todas. Adelantamos camino y nos "pasamos" una y otra vez con otras autocaravanas del grupo, y también con dos francesas por un lado, y otras tres italianas, por el otro.Venimos a coincidir en una gran parte de este tramo del viaje con ellas, y ocasionalmente con otras, mayormente italianas y francesas, y alguna alemana. Ninguno de los nuestros se hubiese enfrentado este viaje en solitario o con otro por el desconocimiento que de Marruecos teníamos; está claro que tanto italianos como franceses nos llevan alguna ventaja en esto de afrontar viajes tipo aventura. Atravesamos un palmeral en un oasis en el que teníamos señalado el camping, pero observamos que había varios. Seguimos y tras subir unas rampas nos encontramos en un desfiladero imponente, estrechísimo, con paredes altísimas que casi no nos dejaban ver el cielo. Había mucha gente y muchos vehículos, entre ellos las tres autocaravanas de los italianos. La carretera desaparecía bajo el cauce de un río de aguas transparentes y juguetonas, y nos metimos en medio del cauce donde aparcamos, bajamos y chapoteamos un rato para refrescarnos. Pero vino un autobús con matrícula de Barcelona y como es natural tuvimos que subir de nuevo al coche y seguir por la garganta adelante hasta un hotel donde había otros autocares y algunas autocaravanas, y mucha gente echada encima de esteras pasando la tarde. Vadeamos varias veces el río, dimos la vuelta y nos fuimos para el camping.

Llegamos los primeros y nos instalamos entre las palmeras y al lado de un cauce canalizado del río. Había duchas y servicios más o menos aceptables. Y llegaron las autocaravanas italianas, se instalaron y enseguida les dijeron que el camping estaba todo reservado para el grupo español; era la segunda vez que les ocurría esto y acabaron marchándose pero murmurando lo de la "porca miseria".

AIT-BENHADOU

Muchas casbahs y muchos pueblos y muchos oasis, y muchos niños vendiendo "piedras" del desierto jalonaron la etapa que nos llevaría a Ait-Benhadou, la casbah más interesante y más cinematográfica (se rodó allí parte de la película "Gladiator"). En la charleta de la víspera se nos recomendaba el desvío a las gargantas del Dades, paisaje que oscilaba entre pueblos típicos en valles que son sorprendentes vergeles, y paredes de enormes formaciones rocosas, de increible constitución. La carretera retorcida, difícil y llena de baches hizo que algunos renunciasen tras los primeros kilómetros y otros a la mitad. Pero los hubo que llegaron al final, desde donde se divisa una espectacular panorámica.

Ourzazate es la ciudad más notable de toda esta zona central del recorrido hacia el oeste, y allí nos indicaban que había un "super" al estilo europeo, con precios fijos (y caros) e incluso bebidas alcohólicas (sobre todo cerveza); enfrente un cajero automático, que tras el palo de la aduana me vino bien para reponer mis reservas de dirhan, que ya eran escasas. Al ser mediodía pegaba el sol a tope y el calor era insoportable. Seguimos en busca del desvío que nos llevase a Ait-Benhadou, que como todos los desvíos presentaba la posibilidad de ver cosas interesantes a costa de aguantar malas carreteras. Como eran pocos kilómetros enseguida nos acercamos a un pueblo donde estaban los italianos de siempre y los franceses de todos los días con sus autocaravanas. También varios autocares. Seguimos dos o tres kilómetros más, al no ver a nadie de nuestro grupo, llegando a un puente que se lo había llevado el agua sabe Alá cuando... Vadeamos y enseguida llegamos a unas casas, una pequeña casbah y desde ahí en adelante ni carretera, ni camino, ni nada. En la casbah estaba un relativamente joven marroquí, que era amigo del "jefe" de toda la vida y te la enseñaba e invitaba al té, a cambio de lo que quisieras darle. Se iba a casar a la semana siguiente y tenía un grave problema con su futuro suegro, que le pedía por la hija (de 20 años) 3.000 dirhan y él sólo disponía de 2.000, así que estaba en pleno regateo con la esperanza de que al final el suegro se ablandaría. Casi todos los del grupo acudimos a saludar a este simpático amigo, y seguro que cuando nos fuimos habrá logrado disponer de algunos recursos más para alcanzar el precio de la dote de la que ahora mismo ya tiene que ser su esposa.

Ait-Benhadou es una casbah "colgada" de una gran colina inscrita en el Patrimonio Universal de la UNESCO. Viven en ella, todavía, unas cinco o seis familias, que te lo enseñan todo a cambio de lo que quieras darles. El pueblo, que está al pié, tiene un hotel con piscina, restaurante y demás servicios, que está muy bien. En una gran explanada aparcamos todos y pasamos la noche.

ooooooooo0ooooooooo

 

 

CARAVANA A MARRUECOS 2000 (y IV)

SENSACIONES Y EMOCIONES PARA SER VIVIDAS DESDE LA DUREZA Y LA SATISFACION

CUARTA PARTE:

Ultimo paso por el Alto Atlas, las grandes ciudades, fantasía turística, el mar, el viento y el "otro" Marruecos

Cuando al día siguiente dejábamos estos parajes nos íbamos a enfrentar con el último de los pasos del Alto Atlas y tras él las llanuras de Marraquex: entrábamos en la parte más "civilizada" de Marruecos. El último puerto de montaña de nuestro recorrido se ataca por su parte menos dura, siendo su punto más alto de 2.260 metros, aunque a mí el altímetro me señalaba los 2.500. Son unas montañas tremendas, peladas, y cómo no, jalonadas de gente que te quiere vender "piedras", fruta, camaleones, lagartos, ardillas, dagas damasquinadas... Si se tuviese la paciencia de detenerse en cada "oferta", pasar este puerto podría llevarnos unos tres o cuatro días.

Apenas superado el punto de mayor altitud se baja a un pueblecito en el que hay numerosos chiringuitos en los que se comen unos pinchos de cordero estupendos. Hay bastante movimiento de pastores, comerciantes y turismo. El suelo está triturado, sopla el viento que arrastra polvo y tierra... y acabas por comer los pinchos con cierta incomodidad, así que de nuevo a la carretera, en una larguísima bajada llena de curvas y a veces de camiones que te quieren adelantar sin preocuparse de los precipicios, que abundan. Por fin se acabó la bajada y entramos de nuevo en una planicie, primero semidesértica para luego ir mejorando con frutales, muchos olivos y palmeras. Muchas estaciones de servicio, algunas modernas y de multinacionales muy conocidas, nos indicaban que estábamos llegando a la civilización.

Entramos en Marraquex en hora de mucho bullicio, fuimos atravesando y acabamos saliendo por la carretera de Casablanca, donde a 15 kilómetros estaba el camping en el que finalizaba la etapa. Allí nos esperaban tres días de nuevas sorpresas y emociones.

¿CARMINA ORDOÑEZ?

Parece que cerca del camping estaba la casa de la "exclusivista", pero no logramos que nadie nos precisara cuál era, posiblemente por no haber pagado previamente el canon que este espécimen del "celtiberia show" exige para poder darle los buenos días. Pero había otras cosas que ver, como así hicimos en una visita guiada por mausoleos, palacios de grandes visires y torres presuntamente gemelas de la Giralda. En efecto, de que era gemela presumió el guía, con cierta ironía, al mostrarnos la garbosa Koutoubia. Alguien, siempre al quite, dijo algo así como que era muy bonita pero no tanto como la Giralda. Podríamos organizar un debate (peligro) y difícil es pronunciarse, porque son muy parecidas en proporciones, en variación del diseño de cada fachada, pero tienen ciertas diferencias. Parecía que el problema de la originalidad de cada una de ellas radicaba en el lugar donde estaban... y se me ocurrió recordar algo elemental, para que el guía se sintiese satisfecho y alguno de los nuestros no se pasase en presunción: Si mis datos no son falsos, la Koutoubia de Marraquex es obra de los árabes, y la Giralda de Sevilla, también; y la Alahambra de Granada y la Mezquita de Córdoba... Al César lo que es del César y a Alá lo que es de Alá. ¡Digo yo, vamos!

FARMACIA BEREBER

Pasamos casi de puntillas por la plaza Jemaa el Fna, y nos metimos en la medina, en un pequeño recorrido porque ya estaba pactado que no aceptaríamos visitas a tiendas de alfombras ni de cueros... pero nos metieron en la dichosa farmacia bereber, de la que en Fez nos habíamos librado algunos, y que es un herbolario que, como el resto de las tiendas a las que nos llevan los guías "funcionan" siempre igual. Es interesante recordar este episodio, porque es ilustrativo.

Estábamos cansados y subimos al primer piso del herbolario, que es en definitiva esto de la farmacia bereber. No falla, siempre es igual: el aire acondicionado estaba a tope, los bancos que hay a todo su alrededor listos para que nos sentásemos medio derrengados en ellos, los anaqueles llenos de frascos con todo tipo de hiervas... y un muchacho bien parecido, flanqueado por otros dos con los brazos cruzados, tras un mostrador pequeño, como si fuese una tribuna de un parlamento pero con todo su alrededor lleno de pequeñas repisas y cajones conteniendo productos, se presentaba como maestro de ceremonias.

Siéntense, susurró medio ordenando y medio invitando, casi dejando perderse la voz en el zumbido del aparto del aire acondicionado. El murmullo de los comentarios le obligó (estaba previsto) a repetir la orden, esta vez un poco más alto y con un punto menos en el aire acondicionado. Y con todos escuchándole y en un tono de voz todavía tenue, comenzó a explicarnos la gama de productos que disponían, que son siempre los mismos y que van desde pócimas para curarlo todo a otras para la celulitis, o desde especias para condimentar carnes y pescados a unas extrañas moscas que venden muy caras, de una en una, que por lo explicado, se ponen en el pene (entendí que en la punta) y pasas a disponer de un "cañonazo" que dejaría pálido al propio conde Lequio. Otros ungüentos para el reuma, para la artrosis, para los golpes... y enseguida ofreció a quien quisiese la posibilidad de recibir una demostración de ungüento milagroso, más masaje, que los dos muchachos, como él, ataviados con bata blanca para hacer todo más profiláctico y profesional, se dispusieron ha realizar. Un voluntario se quitó la camiseta y apenas recibir los primeros untamientos comenzó a poner cara de estarlo pasando pipa, y también una de las señoras, para la que vino inmediatamente una masajista, probó suerte. Y después varios más de nosotros.

A todo esto el aire acondicionado había ido desapareciendo, punto a punto, y ya no "soplaba", y el tono de voz del oficiante era cada vez más alto y dominante (también estaba previsto, porque esto funciona siempre así). Concluyó con la exposición y la gente se levantó con ánimo de formalizar pedidos... (como ocurre siempre) pero con un vozarrón claro y seco ordenó a todos que siguiesen en sus bancos, que ya les atenderían... El personal auxiliar repartió bolsas de plástico negras (ojo al dato) a todos, incluso a los que no pensábamos comprar nada, y el líder volvió a primer producto de la gama: ¿Pomada para la celulitis?: Vale sesenta dirhan, pero si lleváis tres tarros os cobraremos sólo dos. Podéis pagar con tarjeta de crédito... Y acto seguido los y las que tuviesen complejo de rellenitos y rellenitas, zás, cargando. El tipo seguía gritando producto por producto y venga a repartir tarros y tarros, y cada vez su voz era más tonante hasta alcanzar cotas de insoportable. Pero todos "teníamos" algo en la bolsa, lo que fuese menos las dichosas moscas pese a que su presunta eficacia dejase en tono menor a la viagra. Alguien le preguntó en qué universidad había hecho "el master de ventas"... y el muchacho sonrió: también esa pregunta es habitual. Los viejos, como yo, recordamos perfectamente cómo actúan los llamados charlatanes de feria, y cómo colocan sus pócimas. Es la misma escuela.

Pasamos unos y otros (creo que todos) por taquilla, y según pagábamos en un mostrador con caja registradora y bacaladera, el producto adquirido pasaba de la bolsa negra a otra diferente. Cuando intentaba bajar por la escalera, el que me había dado el masaje apareció entre la gente y me dijo: ¡Mesié... el masaje! reclamando lo que alguno entendió que era una propina. No, nada de eso, veinte dirhan del ala. Aquí todo el que entra y se sirve pasa por taquilla, aunque preste su cuerpo a la demostración para que el otro coloque el producto. Era, en mi caso, la tercera vez que visitaba un herbolario bereber y pese a saber que todo está perfectamente estudiado para que acabes soltando la pasta, acabé palmando el precio de un par de tarros que ahora ya no recuerdo para lo que son porque no llevan etiqueta, y el del masaje. Al final, unas 2.000 pelas.

CHEF ALI

Al día siguiente no había programa y se recomendaba la visita a unas cataratas. Decidimos descansar hasta el atardecer que estaba prevista una Cena de Fantasía en Chef Ali. Sorprendía que se nos pidiese que nos desplazásemos en nuestros propios vehículos para ir a cenar en un restaurante espectáculo, que estaba del camping a unos diez minutos en coche. Pero armados de paciencia, carretera y manta, enseguida nos desviamos por una secundaria en medio de bastante oscuridad, hasta avistar una larga muralla que fuimos rodeando un poco intrigados. Tras casi una vuelta completa vimos una gran puerta iluminada con reflectores, en medio de dos torreones, flanqueada por palmeras y... dos hileras de jinetes en sus caballos enjaezados, con sus espindardas y vestimenta árabe. Sin haber visto todavía casi nada, aquello ya era impactante.

El "jefe" nos había pedido, también, que utilizásemos las ropas y los turbantes que habíamos ido comprando por el camino y que nos habían servido para andar por el desierto. Así que la mayoría estaban vestidos adecuadamente a lo que nos esperaba. Sin pasar de la puerta los flhases se dispararon a discreción con los jinetes de fondo. Excuso decir, pero lo digo por si algún lector no reparase en ello, que las 42 autocaravanas estaban perfecta y cómodamente aparcadas, así como un número importante de autocares y otro no menos numeroso de microbuses y taxis. Había abundante sitio para todos. Pasamos la puerta y en un jardín enorme vimos una especie de soportal con escaparates, en el que aparecían figuras de tamaño natural con los diferentes trajes típicos de Marruecos. También muchos expositores con los numerosos trofeos y medallas que el propietario y fundador Chef Alí había recibido en su dilatada actividad hostelera. Unas chicas con trajes típicos se iban colgando de los brazos de cada grupo familiar, para que el fotógrafo de turno inmortalizase el instante de la entrada en otra estancia cuyos límites no eran abarcables, así por las buenas.

Como estaba todo al aire libre y la luna en creciente (o en menguante, pero pequeñita) no acertabas bien a saber qué es lo que estaba pasando, y para ponértelo más difícil, tras el golpe de flhas empezabas a escuchar unos tambores y trompas, supongo que con algún otro instrumento más, y cantos agudos de chicas ataviadas con trajes que se correspondían, por lo que seguimos viendo, con una determinada comarca de Marruecos. Estos grupos, pues podrían ser unos doce o quince, estaban alineados a la derecha, y por la izquierda vimos unas haimas decoradas en plan lujo asiático, con mesas preparadas para la cena. Según avanzábamos, la música y los cantos, así como los atavíos de los diferentes grupos, cambiaban, y por la izquierda, las haimas alternaban el color, que estaba adecuadamente combinado con los de mesas, sillas, manteles... Apenas anduviésemos cien metros y ya estábamos todos flipando. Al fondo de todo y por detrás de las últimas haimas y mesas, un palacio iluminado por fuera. Caminamos entonces hacia la derecha por detrás de un palquete y vimos algo así como las gradas de un campo de fútbol. Pero no hubo tiempo para más, porque el "jefe" y alguno de los de la organización nos invitaba a entrar en una de las haimas, que por tener, hasta tenía aire acondicionado.

Nuestro grupo ocupó dos, decoradas con detalle y mucho lujo, una en azul con recamares de oro y la otra en rojo. Ocupamos las mesas en plan marajás, y el personal de servicio, vestido ad hoc, comenzó a servirnos una cena típicamente marroquí pero de una gran calidad, tanto en el producto como en la condimentación. El que quiso pidió la bebida que le apeteció, incluso camparis y vinos. Vino el "jefe" con su cámara de video. Le miré y le dije: "Estás tan feliz y estabas tan seguro del impacto de esta cena, que no te cabe un garbanzo en el culo..." Así era y se le notaba bien; estábamos en la cresta de la expedición. Me dijo que, bueno, que aquello era un espectáculo muy de cara al turista... "Todo lo que quieras, pero demoledor para colmar de satisfacción a los locos que decidimos inscribirnos en tu aventura". Los grupos folkóricos no pararon de tocar en toda la cena, recorriendo sistemáticamente todas las haimas y todas las mesas, incluso sacando a bailar a los comensales. Algunas chicas, con cierta discreción, tras el bailoteo, te pedían algún dinero. Esto venía a "bajarnos" a la realidad del pueblo de Marruecos. Tras los postres, el obligado té con unas pastas, y ya nos indican que hay que salir para ver el espectáculo. Fuera, unos focos iluminan parte de una cancha de arena con sus gradas y de unas dimensiones de un campo de fútbol. La fachada del palacio que viésemos al entrar, ahora está a contraluz, pues lo que está iluminado es su interior, apreciándose los artesonados, las columnas y los arcos típicos. La gente se fue acomodando en las gradas y ya comprobamos que no estábamos solos, sino que formábamos parte de un todo que se compone de muchos grupos turísticos, de manera que si digo que allí cenamos unas 4.000 personas de medio mundo, no exagero nada.

Comenzaron a verse al fondo y recortados por los contraluces las siluetas de los jinetes que estuviesen en la puerta de entrada. Fueron pasando una y otra vez, con mucha parsimonia a lo largo y ancho de la cancha, así como unos camellos enjaezados en los que se podía pasear... previo pago de la correspondiente tarifa. Por fin aquello comenzó a moverse en serio, y tres muchachos jóvenes, vestidos de negro, realizaron una serie de pasadas espectaculares con ejercicio de monta y desmonta, equilibrios sobre la silla, etc. entre el entusiasmo de los espectadores y el relampaguear de los flhases. Después observamos que de la oscuridad aparecía una plataforma flotando que se vino a situar en el centro, y con una música medio árabe y medio andaluza, surgió de ella una bailarina que nos obsequió con la clásica danza del vientre. Concluida la danza la plataforma se fue retirando y entró un transportín a hombros seguido de todos los grupos folkóricos: era la novia, con su cortejo, pues todo estaba en función de una boda marroquí. Todo esto vino seguido de una exhibición de cada uno de los grupos en honor de los novios, para finalizar con unas formidables galopadas de los jinetes que frenaban con la descarga de sus interminables espindardas, en lo que se conoce como "correr la pólvora". Para que la fantasía fuese total, por "allí arriba" observamos algo así como una alfombra voladora. Todo concluyó con un castillo de fuegos artificiales del que, como colofón, se recortaron en la noche las letras: ROULOT, S.L. Una pasada.

JEMAA EL FNA

De Marraquex ya he anticipado alguna de sus particularidades al referirme a la aventura que supone subirse a un taxi. La plaza de Jemaa el Fna es a todos los efectos "La Plaza". Tiene vida las 24 horas de cada día, pero se anima a partir de las cinco de la tarde. Allí confluye todo: desde los puestos que venden pescado frito a los de los pinchos de cordero, o los de las ensaladas típicas, las frutas, los encantadores de serpientes, los "explicadores" del Corán, las bailarinas de la danza del vientre, los y las tatuadoras... Hay humo de las cocinas, música de todo tipo, gente que te llama, otros que se mueven en bicicleta, niños, viejos, turistas, y muchísimos puestos que venden naranjada que están haciendo allí mismo. Por cierto, unas naranjas de aspecto feo pero de un sabor exquisito, y por lo tanto, unas naranjadas de primera calidad... que como todo aquello que lleva agua o que se come sin pelar (ensalada) tiene el riesgo de carecer de la más elemental de las higienes y, a veces, pasa lo que pasa. Como a mí "eso", ya me venía pasando, no llegué a notar si me afectase o no. Es que llega un momento que es mejor "meterse" en el riesgo de una vez y al principio, que pasarse quince días de prevenciones y dietas profilácticas para concluir escagarrizándote.

RETORNANDO

Al volver al camping nos encontramos con la desagradable sorpresa de que la conexión eléctrica no funcionaba. Como de la mía se sirviesen otras tres autocaravanas, todos estábamos igual. Una pértiga telescópica, tipo caña de pescar que utilizo para levantar dos pequeñas banderas, una española y la otra de mi club, había desaparecido. Al lado de las tomas de corriente y a continuación de mi autocaravana, estaban desde el primer día estacionadas otras tres, ya viejas conocidas, de los italianos, que se habían ido aquella tarde. Empecé a investigar y comprobé que la toma de corriente estaba desenchufada; también localicé la pértiga, que estaba en su sitio atada a un olivo, pero plegada. Fue una mezquina revancha de los italianos, quizás por las anteriores veces en las que tuvieron que levantar sus emplazamientos para dejar sitio al grupo español. "¡Porca miseria!", me tocó, ahora, decir a mí.

El "jefe" se despidió de todos, uno por uno, porque adelantaba su retorno por carretera, con "El Cojo", que apareció por Marraquex, para resolver los trámites de embarque de la familia de la caravana repatriada, en Tánger, y de paso para resolver algunos asuntos en Noruega. ¿En Noruega?: No me extrañaría que estuviese preparando otra expedición clásica para los autocaravanistas, al Cabo Norte. Por su parte "El Cojo" acompañaba a nuestro director para hacerse cargo de dos excursiones en Madrid.

Reconozco que desde Marraquex no hicimos mucho caso de lo que íbamos viendo, pienso que por aquello de que caminábamos en perpendicular hacia el mar, y llegar al mar era casi como una necesidad enfermiza. Entramos de frente y desde lo alto a Essaouira (la antigua colonia portuguesa de Cabo Mojador) y nos fuimos a un camping en el que el viento del norte era constante, impertinente y cabreante. Comimos y descansamos. Los demás, o la mayoría, se habían ido directamente al pueblo, una maravilla estética con una preciosa playa donde no paraba ni Alá. Acordamos hacer la visita de rigor por la tarde y así lo hicimos. Aparcamos donde pudimos y nos perdimos por aquellas callejuelas, con sus tiendas y sus cafetines. No creo que haya algo de mayor plasticidad que este puerto pesquero, y de ahí que sean muchos los artistas, especialmente pintores, que vivan grandes temporadas allí.

Del mismo estilo que en La Plaza, de Marraquex, en el puerto se alinean un gran número de puestos donde te ofrecen el pescado recién sacado del mar, gambitas muy substanciosas, y bajo cuerda pero sin demasiados disimulos, centollas y langostas que se supone que están en veda. Lo ajustas y te sientas en unas mesas donde enseguida te sirven lo ajustado, que lo cocinan a la brasa delante de ti. El resultado es la máxima exquisitez.

HACIA EL NORTE

Essaouira es el punto en el que ya se camina directamente por la costa atlántica hacia el norte, siempre contra un fuerte viento. Pequeña etapa en Oualidia (procuro señalar los nombres de aquellos lugares que me han gustado) que es una aldea pesquera con una buenísima playa en la que desemboca un río, por lo tanto resulta más protegida que el resto de las que fuimos pasando y recoge un número importante de turistas. Allí la organización nos llevó a pernoctar en los aledaños de un criadero de ostras, y nos invitó a una mariscada en la que cada cual tenía que acudir con sillas y mesas, platos, cubiertos y, esto era importantísimo, las tenazas para partir las patas de las centollas, que son duras como las piedras del desierto. Hubo pescaditos a la brasa, ostras, ensalada marroquí (a estas alturas nadie se acordaba del tipo de agua con que estuviese condimentada) y centollas, todo en abundancia. Al remate, otra "queimada" que ofició en esta ocasión un colega vigués, "Gran maestro de la Orden de la queimada", que apenas varió los ingredientes que yo suelo utilizar, que son, simplemente, aguardiente, azúcar en proporción y las consabidas rodajas de limón, que él aplica en sus particulares medidas, poniendo sólo la cáscara del limón y prendiendo el fuego por el sistema de quemar un poco de azúcar y hacer caramelo. Más o menos el resultado fue parecido, quizás un poco más "dura" a decir de algunos, pero con un ligero fallo: Salvo un salmodio que interpretaron los marroquíes que nos prepararon la cena, a mi buen paisano se le olvidó el conxuro, quizás por no ser partidario, como yo, de recitar nada escrito, pero no tener capacidad para improvisar sobre el propio desarrollo de la formidable expedición que estábamos viviendo, destacar el buen hacer de los organizadores, la solidaridad reinante y en suma el buen rollo de todos los expedicionarios.

CASABLANCA Y RABAT

Caminamos hacia Casablanca, siempre por la orilla del mar, comprobando la existencia de grandes extensiones de huerta con regadío desde pozos de los que se extrae el agua con motobombas diesel. Pasamos esta gran ciudad, moderna y capital comercial de Marruecos, sobre el mediodía, sin complicaciones de tráfico hasta el punto de aparcar delante de las oficinas de Iberia y de las Reales Líneas Aéreas Marroquíes, algo así como aparcar en Madrid en la Gran Vía delante de la Telefónica. Nos fuimos a un restaurante para comer, y al cabo de una hora la furgoneta estaba allí sin que se la llevase ninguna grúa (dí gracias a Alá).

Nada que ver, Casablanca, con la clásica película de Bogart. De Casablanca seguimos a Rabat, por autopista, para instalarnos en un camping en el que por primera vez en todo el viaje las moscas se pusieron un poco repugnantes, sin alcanzar los niveles de, por ejemplo, La Manga del Mar Menor o Castelldefels. En Rabat me esperaban un par de amigos radioaficionados, padre e hijo, que acudieron a recogernos al camping para llevarnos a ver, en rápida visita, alguna de las cosas importantes como el Mausoleo de Mohamed V (donde también está enterrado su hijo Hassan II y el hermano de éste), el Palacio Imperial y otras zonas de ambiente. El mausoleo es de reciente construcción, y destaca el extraordinario lujo con que está realizado, tanto en la profusión de mármoles de Carrara como en los artesonados en los que abunda la lámina de oro (auténtico), o en los arabescos de las cerámicas obra de los más expertos e insignes maestros ceramistas. Sí, pero estos insignes maestros ceramistas se llevan la gloria y los niños con sus pequeñas manos y dedos sufren en el anonimato y la explotación para producir los pequeños trozos de azulejos... En fin: el Mausoleo es la máxima expresión del máximo derroche y lujo ante un pueblo que carece de las más elementales necesidades. Si hemos de ser justos, por aquí tenemos cierto paralelismo en el Valle de los Caídos y cerca, aunque de épocas muy pretéritas, otro gran mausoleo llamado El Escorial. Mejor nos callamos todos.

Vimos el Palacio desde la calzada principal del recinto en el que se ubica, y tras pasar más tarde por algunas de las principales calles nos invitaron a su casa para que conociésemos a la que era esposa de uno y madre del otro, de mis dos buenos amigos, que es nada menos que una manchega. Viven en una zona residencial de las afueras de Rabat, en un duplex, amueblado a la europea con sencillez y confort, de manera que en este extenso viaje también pudimos comprobar cómo vive una familia acomodada, ya que padre e hijo trabajan en una multinacional especializada en productos farmacéuticos para animales, y su nivel económico es elevado.

TANGER

La última etapa del viaje remataba en Tánger, una ciudad con cierto misterio y un camping poblado de árboles con unos servicios tercermundistas y muchos marroquíes instalados, en apariencia, por tiempo indefinido. Repartidos por la ruta algunos pueblos costeros interesantes, como Larache y Asilah, en el primero muchos recuerdos de los tiempos en que era colonia española, y en el segundo buena playa y buenos restaurantes para comenzar a despedirse de Marruecos. (Dicen, las lenguas viperinas, que al anochecer funciona el turismo sexual). En Tánger intentamos una visita por la tarde, recorriendo un largo paseo marítimo con palmeras y mucho ambiente de restaurantes y terrazas, pero renunciamos a "perdernos" en la medina que se ubica por encima del puerto, al intuir que las callejuelas eran en cuesta, y lo que allí fuésemos a ver no sería diferente de lo que ya teníamos visto. El cansancio empezaba a pasar factura y decidimos volver al camping a descansar, donde ya se nos informó que de las opciones que había para embarcar hacia Algeciras, se había escogido la de las ¡cuatro! de la madrugada, que aunque podría ser una hora intempestiva, era el transbordador más grande y esto garantizaba que fuésemos todos juntos, amén de una hora más tranquila para los trámites aduaneros.

Los "instalados" marroquíes estuvieron muy activos toda la noche, con música a gran volumen y bastante jolgorio, así que muchos de los nuestros que durmieron obsesionados con la hora de partida, no conciliaron el sueño; los que como yo, dormimos a pierna suelta y despertamos sin esfuerzo a la hora que nos fijamos, "pasamos" del barullo y dormimos bastante bien. Cuando ya el camping estaba en silencio nos tocó a nosotros romperlo, al ir despertando poco a poco y poniendo en marcha los motores de nuestras autocaravanas, para cabreo general de los trasnochadores. Fue una pequeña revancha.

Los trámites fueron menos engorrosos que a la entrada desde Ceuta, pero el embarque fue lento y tedioso, y cuando las primeras unidades empezaron a "moverse" el sol asomaba por el horizonte. Inmensas eran las entrañas del barco, con dos bodegas y un sistema de rampas por donde fuimos entrando hasta que nos "tragó" a todos y a muchos más, turismos, furgones, camiones y autocares, quizás más de 800 unidades. El embarque de viajeros, digamos de a pie, fue lentísimo y retrasó la salida del buque pienso que una hora; la travesía del estrecho nos llevó dos largas horas, y el desembarque de tanto material ocupó también su tiempo.

Ya estábamos en Algeciras, habíamos ganado dos horas más y nos movíamos entre las doce y la una del mediodía. El sol era de justicia en los aparcamientos sucesivos por los que fuimos pasando hasta completar los trámites de este lado de la frontera, y por fin todos nos estacionamos en una explanada para los discursos de despedida y las últimas fotos del grupo, y era tanto nuestro hábito al calor y al sol, que pocos acudimos protegiéndonos con alguna gorra, ¡y mira que el asfalto y el sol apretaban!

Kike, el segundo de abordo que quedase de máximo responsable cuando el "jefe" nos dejase en Marraquex, muy emocionado, intentó hilvanar unas palabras cariñosas de los organizadores hacia el grupo, al tiempo que todos aplaudíamos el buen hacer de un equipo de personas que se volcaron en todo instante para que no nos faltase nada. Mucho más allá de lo que el contrato establecido les obligaba. No soy amigo de las despedidas, y pienso que todos y cada uno de los que formamos esta expedición, a pesar que de la mayoría ignoro incluso sus nombres, son mis amigos y merecen estar en mi recuerdo, por igual. Abrazarlos de uno en uno supera mi capacidad emocional y si no lo llegué a hacer físicamente, ahora, desde aquí les envío un fortísimo abrazo virtual que puede materializarse el día que decidan poner a Ourense en su itinerario, pues a cualquiera de ellos les será sumamente fácil localizar a un periodista y fotógrafo, alto, polémico, viejo y vital, preguntando por el centro de la ciudad a cualquier guardia o persona de mediana edad. Una taza de viño do Ribeiro y un pincho de pulpo, fiel a mis tradiciones gallegas, será el símbolo de nuestra hospitalidad. Podéis venir todos, pero no las cuarenta y tres familias juntas, sino y si es posible, de una en una.

EPILOGO

Enfilé la autovía hacia Estepona para afrontar los 1.200 kilómetros que aun me faltaban para llegar a casa. Mucho calor, tráfico lento con retenciones y como tuviésemos apetito y avistásemos un restaurante al pie de la carretera, aparcamos y nos dispusimos a pegarnos un "revolcón" de comida y comedor a la española. Una hora después seguimos ruta con cierta modorra, y acabamos orillando a un área de servicio para dormir una media siesta. Vimos pasar a varias autocaravanas del grupo, y de la misma manera, cuando reanudamos muestro viaje vimos a otras aparcadas delante de restaurantes o bien orilladas descansando. El calor se hacía sentir en España mucho más que en los peores momentos de Marruecos.

Sobre las diez de la noche empezamos a cruzar Madrid por la M 40, con ciertas recauciones para no ir por donde no queríamos, y presionados por autocares y camiones que, conociendo bien los desvíos, se desplazaban a velocidades superiores a los 120 Kms/h. Por fin llegamos al área de servicio de Villalba, muy cansados tras una jornada que había comenzado a las cuatro de la madrugada en Tánger, y decidimos pasar allí la noche.

A media mañana del día siguiente estábamos en casa, mi esposa enseguida a ver y a regar sus plantas y su huerta, y yo con mis perros, también manguera en mano, limpiando sus caniles. En un instante me quedé parado viendo correr el agua de la manguera, y pensé en aquella mujer y sus niños, en mitad de la hamada, que se asombraban de ver correr un poco de agua del grifo de nuestra furgoneta. Si fuese cierto que "alguien" hizo este mundo, mejor es que presuma poco de ello, porque tal cual, es una puñetera chapuza.

Para el próximo año Roulot volverá a organizar esta expedición, que recomiendo a todo autocaravanista que le gusten las emociones fuertes y tenga un mínimo de capacidad de sufrimiento. José Manuel, el "jefe", entrará en agobios cuidándose de que todo funcione correctamente, con Francisco ("Paquirrín"), el responsable del área de estacionamiento, compra, venta y reparación de caravanas en la empresa, un buen tipo; y Esther, la administrativa de piel morena, boca grande y melena rojiza como si fuese la hija de un guerrero apache: "Nube roja" le llamaba de broma, pero por su decidida su forma de andar y su perfil penetrante, daba perfectamente, además de esa imagen de hija de cacique apache, para un mascarón de proa de una bajel pirata... Su esposo, un chicarrón que nos acompañó hasta Marraquex y nos dejó la impronta de que a su lado no había problema que no tuviese solución. También Enrique, el segundo de a bordo al que todos enseguida llamábamos "Kike", grande, rubio, ojos azules y en suma, pinta de nórdico descolocado, de esos que jamás logran ponerse morenos y se quedan con pinta de camarón cocido; bromista y cariñoso con todos. Y el de la furgoneta roja, el "bombero", as de la paciencia y ángel de la guarda al ser el conductor del "coche escoba": Aurelio y su esposa Merche, ¡vaya pareja más entrañable! Con esta gente sí que es cierto que se puede ir al fin del mundo.

 

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