LA DIFICIL SUPERVIVENCIA

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G. Belay. EA1RF

 

Me llama alguien por “baja” y no acabo de encajar su voz entre las voces conocidas… pero me suena. Es un colega, muy amigo y muy distante tanto en kilómetros como en tiempo que hacía que no tenía noticias suyas. Le llevo un año y aun teniendo su teléfono nunca me atreví a llamarlo por aquello de, al dejar pasar tanto tiempo, temer lo peor. Creo que nos pasa a las personas mayores cuando perdemos contacto con amigos, que, luego, cuesta agarrar el teléfono porque no sabes qué te espera al otro lado.

Me llama para saber de mí, y para decirme que hace aproximadamente un año falleció su esposa, y, por lo tanto, se quedó sólo. Me va narrando las diferentes fases emocionales de quien sobrevive a la pareja, su desesperación, su deseo de vivir sólo en el hogar, de no querer interferir en los hogares de sus hijas, de la soledad interior tremenda, de su propia salud… y según va contando su vivencia me veo reflejado en el relato. Me pregunta por Fina, pues hace poco tiempo ha venido a Galicia a traer las cenizas de su esposa y otro amigo común le dijo la mía estaba pasando un momento delicado. Entonces, le cuento lo que hay, y que con apenas tres meses de diferencia hemos quedado viudos los dos. Hablamos de muchas más cosas, de la independencia que supone quedarse solo y de cómo, poco a poco y de manera inexorable, hay que seguir viviendo día a día alejándose de aquella fecha. Hablamos durante más de tres horas.

ACAMPADA

En el “puente” del Pilar fui a una acampada con colegas del Club Campista Ourensano, pero lo cierto es que de los 90 ó 100 socios (o familias) sólo nos apuntamos tres, aunque en la acampada fuésemos más de un centenar de Galicia, de Portugal y del resto de España. De los tres, dos somos viudos, y, entre los demás asistentes me volví a encontrar con un viejo conocido, campista y radioaficionado, que quedó viudo hará unos tres o cuatro años. Estábamos tomando unas cervezas en la terraza de la cafetería, y llegó el otro viudo de Ourense. No puede conducir y lo trae un hijo, se hospedó en un bungalow y el hijo regresó a Ourense. Entró en el interior de la cafetería medio arrastrándose con dos bastones, donde estaban de tertulia varios matrimonios y, en cuanto lo vieron, rompieron en una cariñosa ovación. Es que este campista tiene la friolera de ¡¡¡97 años!!! y como acude a todas las acampadas de los clubes, es el decano… no de Ourense, o de Galicia, sino de toda España.

Comentamos lo que en “petit comité” comentan todos, en cuanto al riesgo de tener en una acampada a una persona de 97 años, medio impedido y solo, ya que recientemente rompió la cadera y desde hace años viene padeciendo (o eso parece por la deformación de las rodillas) de artrosis. También que sigue asistiendo a estos eventos porque sabe que en algún momento le van a aplaudir por su avanzada edad, y si vienen los “medios” a entrevistar a alguien además de al presidente del club anfitrión, siempre es a él al que destacarán. Es cierto, pero si a los que ya somos octogenarios nos “faltan” amigos y conocidos porque no han logrado llegar a esta fase de la vida, a un hombre de casi 100 años tiene que ser dramático que no le queden otras amistades que los campistas, sus hijos, nietos y biznietos, que no por ser bastantes, están más cerca. Porque los hijos tienen su familia y su ámbito, y los nietos y biznietos, igual; las reuniones campistas duran un fin de semana y siempre “funcionan” por peñas, así que, pasado el momento del recibimiento, al no haber nadie de su generación, vuelve a ser un verso suelto. (O volvemos a ser versos sueltos).

Reflexionando sobre mi amigo (el de la llamada telefónica), sobre este casi centenario, y sobre el campista/radioaficionado, los tres viudos en edad avanzada, vine a concluir que aquello que uno piensa que es el fin del mundo porque considera que sólo le ocurre a él, en apenas diez días me había encontrado con tres que habían pasado mi experiencia. Y claro, me di cuenta que sin salir del club campista había otros dos casos, cada uno diferente en cuanto a edad, y, mirando a la Radio, otro más, siempre entre aquellas personas con las que he tenido relación. Y cada uno, es igual, en cuanto al sufrimiento y a la sensación de soledad; y cada uno tiene una solución diferente. O trata de buscarla.

SOLUCIONES RADICALES

Me decía mi viejo amigo en esas intensas tres horas de teléfono, que llegó a pensar en el suicidio. Yo no llegué a tanto... -le dije- pero sí a un suicidio virtual, dándome de baja de todos aquellos compromisos sociales, desde Canal Plus a la URE. Fue una forma de cerrarme en mi mismo que hasta el psicólogo entendió, pero a las pocas semanas la rutina diaria me devolvió a la realidad. Superó esa fase, mi amigo, y como es mi caso, hace la comida, arregla la casa, tiene las paredes llenas de fotos de su pareja… en fin, sobrevive porque no hay otra alternativa. Radio hace poca o ninguna. Quizás, como veterano, escucha; o sale en CW. Y como a casi todos nos pasa, el ordenador viene a ser la herramienta con la que se distrae. Entró en un foro, entabló relación con una señora… y ahora un par de días o tres a la semana se ven, comen juntos, hacen algún viaje, charlan, y el resto de la semana cada uno en su casa y con su independencia.

Hablar con alguien en la intimidad es lo que se echa de menos. No valen ni los hijos ni los nietos ni amistades… tiene que ser alguien que también necesite llenar ese hueco inmenso, aunque sólo sea charlando, estando. Porque en esa relación no cabe más. Nadie renuncia a los recuerdos; solo se trata de estar para no sufrir la soledad interior. Es una solución.

El nonagenario lleva viudo más de diez años… quizás quince. Su esposa estaba muy delicada y aun así no se perdían una acampada. En verano iban siempre al mismo campin toda la temporada desde hacía un montón de años, y su instalación “tenía” que estar en el mismo lugar, en la misma parcela. Bastante maniático. Cuidaba mucho a su esposa, diabética. Una vez viudo venía a las acampadas de club con la caravana, se instalaba y a todos nos dolía verlo solo, aunque tratábamos de acercarnos a él, invitarlo a tomar café, integrarlo en el grupo. En la caravana y que se viese desde el exterior, siempre estaba una gran fotografía de la esposa, en la mesa. Nunca fui capaz de entender, y a veces y de forma injusta, justificar, aquella manía de seguir viniendo en aquellas condiciones a las acampadas. Ni yo, ni creo que nadie. Ahora sí. Es otra solución.

Otro campista, posiblemente septuagenario, viudo, conoció a una señora, viuda, compraron una caravana y así entraron en esta afición. Como tenían todo el tiempo del mundo llegaban a las acampadas uno o dos días antes. En temporada de verano tenían otra caravana más grande instalada en un campin de Portugal y allí pasaban el estío. Bueno, pues hará un par de años me vine a enterar que se había muerto la mujer… y como me enteré con retraso, ya me añadieron a la noticia que se había vuelto a casar (o a emparejar). Es evidente que este amigo no quiere estar solo. No es cuestión biológica sino anímica: ¿Miedo a la soledad? Es posible que sí. Es otra solución.

A algunos les da por hacer chanza, pero, insisto, sólo cuando pasas por este trance puedes comprender que cada cual busque la manera de superar el trauma.

Pues aún queda otro campista, en este caso calculo que cincuentón, que, inesperadamente, perdió a su esposa con la que estaba siempre en todas nuestras aventuras campistas. También me enteré con retraso (estuve casi cuatro años desligado del campismo) y ya me avisaron que se había vuelto a casar. Con una chica joven… ¡Estupenda y radical solución !

LA RADIO

Y el otro campista/colega de Radio, creo que en la actualidad está cercano a nonagenario, primero su esposa tuvo problemas de memoria y tuvo que ser internada en un centro de salud, y más tarde fallecería. Vendió la caravana y compró una autocaravana de tamaño mediano, con la que sigue asistiendo a todas las acampadas que puede, y cuando no, me cuenta que “está activando vértices”. Tiene un gran sentido del humor (tirando a negro), escribe y escribe bien, y reencontrarme con él fue para mí un placer. Curiosamente, siempre que nos encontrábamos en acampadas, y siendo viudo, nunca pensamos, ni mi esposa ni yo, en cómo este amigo se encontraba en lo anímico: nos bastaba con ver que mantenía el buen humor, que se había comprado la autocaravana… y es que una cosa es lo que “pasa” por fuera y otra la soledad interior que soportas.

Y, así, reflexionando sobre cómo unos y otros buscan (buscamos) paliar la enorme soledad interior que atribula al que sobrevive, me acordé de otro colega radioaficionado que me decía que nunca más habría nadie que ocupase el sitio de su… y se me ocurrió decirle en tono de consuelo que, dado que se mostraba siempre como un buen creyente, igual los designios del Todopoderoso, puesto que era como mucho cuarentón, habrían determinado que Ella se fuese al Cielo y él volviese a juntarse con otra pareja y así tener los hijos que en su primera pareja no tuvo. Imposible -me dijo- eso nunca va a ocurrir. Bueno, el fallecimiento fue traumático y era de días… pero en apenas tres meses, en un congreso, ya me anunció que iría con su nueva esposa, y con uno de los hijos. ¡Vaya! –pensé- ha seguido los designios del Todopoderoso y se ha buscado una pareja que aporte los hijos…

Con chanzas o sin chanzas de según qué situaciones, mejor no meterse a psicólogos porque es imposible comprender los sentimientos del que sobrevive de una pareja. Unos que se quieren mucho, pero al sorprenderles este trance relativamente jóvenes se rehacen buscando una nueva pareja. Es más, si mi padre, que quedó viudo relativamente joven y con varios hijos, no se hubiese vuelto a casar con mi madre, yo no existiría. Y, si el padre de mi esposa, no se hubiese vuelto a casar cuando quedó viudo relativamente joven y con varios hijos, con mi suegra, mi esposa no hubiese existido. Ni mis hijos ni mis nietos.

DUDAS

Si el trance te pilla relativamente joven es habitual que el viudo busque pareja, pues la soledad es insoportable si has sido feliz viviendo en familia. A más años, más dudas, porque temes que en vez de alguien para conllevar la vejez a lo que te unes puede ser un cúmulo de problemas de salud y que se repita la situación vivida. O te apegas, como el nonagenario campista, al recuerdo y te basta con que de cuando en cuando un grupo de campistas te aplaudan cariñosamente por ser el decano, por ser el más viejo, por tener casi 100 años… Esa puede ser la meta y su gran ilusión: acudir a una acampada siendo centenario. Y por raro que parezca, eso es un consuelo y una meta a alcanzar; un motivo para seguir viviendo.

En la actualidad, en Radio, casi todos tienen en el ordenador un programa de tal suerte que “copiado” el indicativo del corresponsal enseguida sabe su nombre. Esta herramienta procura una cercanía interesante. También es cierto que muchos se conocen porque están en contacto diario y no necesitan de esa herramienta. Y, algunos, identifican el indicativo y la voz, aunque lleves años sin dejarte “oír”, y, entonces, cuando te llaman por el nombre la cercanía es auténtica y emotiva. Hace 30 años estaban en la Radio algunos veteranos a los que venerábamos. Un QSO con alguno de ellos era como el mejor DX. Para ellos la radio era la “vida”, el remedio contra la soledad y a veces lo único que les quedaba, sobrevivientes y en una precaria ancianidad.

EL ENTORNO

La vejez, si tienes suerte y te conservas en buen estado físico, es soportable, pero día a día los achaques te limitan el ámbito. Te queda la “azotea” que, salvo dolencias, funciona lo suficiente como para apreciar cómo el entorno va desapareciendo y empiezas a ser un estorbo. En diciembre del 2011 acudimos a Benidorm aprovechando las ventajas del Inserso y la coincidencia en fechas de un congreso de la URE. Fuimos por carretera. Todo fue bien, pese a la paliza de los muchos kilómetros recorridos. Ahora me doy cuenta que fue el último viaje, largo, que hicimos juntos. Mientras Ella vivía nunca me preocupó el entorno, porque nosotros éramos nuestro entorno; al faltar Ella no hay entorno, no hay motivación. Ya no sé que pinto vivo.

Dicen que la muerte es como dormir. Mi experiencia dice que es lo contrario: Despiertas por la mañana, abres los ojos, te levantas, te aseas, te preparas el desayuno… y no puedes evitar la rutina diaria porque estás vivo desde el momento que has abierto los ojos. La muerte es lo contrario: Te sedan y en las últimas y largas horas de agonía los ojos están cerrados, y, cuando los abres, es justo cuando dejas de vivir.

No estoy seguro de que estas reflexiones le interesen a nadie; o a mis habituales lectores. Quizás a algún psicólogo del Inserso. La realidad pura y dura es que los avatares de los viejos no le interesan a nadie. Nos consideran además de estorbos y onerosos por el gasto que en pensiones y medicinas motivamos, incapacitados para pensar, para sentir. Esto último es lo más doloroso. Porque pensamos y sentimos; tenemos criterio y observamos lo que ocurre a nuestro alrededor, aunque callemos.

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